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Miércoles, 10 de febrero de 2010

CULTURA › DE LOS SEIS MIL VIDEOCLUBES QUE HUBO EN LOS ’90 SOLO QUEDAN 1200

Un comercio cultural que va del amanecer al crepúsculo

Entre las copias pirata que se consiguen en las calles de Buenos Aires y la fuerte carga tributaria, los locales para alquilar DVD apenas resisten en pie. La nueva apuesta es el Blu-ray y diferenciarse con material importado.

 Por Ezequiel Boetti

La altura del pequeño ortoedro apenas supera el par de centímetros, medida diez veces inferior a su longitud, y cinco a su profundidad, que ronda la décima parte de un metro. Cuesta creer que el VHS, con sus dimensiones ínfimas y colores soporíferos, haya marcado no sólo un quiebre tecnológico, sino también un cambio de paradigma en el consumo cinematográfico aún vigente. La cinta magnética de media pulgada ideada por la empresa japonesa JVC en los albores de los ’70 corporizó la utopía hasta entonces inasible de quienes debían resignarse a paladear las películas en la enormidad de las salas, por entonces magnánimas construcciones alejadas de las pequeñez de los complejos multicines que hoy monopolizan la industria. La creación de nuevos comercios dedicados a la venta y alquiler del novedoso formato resultaba tan inevitable para el crecimiento de la naciente industria como rentable para los comerciantes, más amantes del cine dispuestos a arriesgar sus ahorros por el séptimo arte que habitúes del ambiente empresarial. “Empecé hace 27 años en un departamento donde atendía tres horas por día. Mi jornada laboral finalizaba a las 17, y una hora más tarde estaba en el videoclub. En 1984 abrí un local en una galería y la cantidad de público comenzó a crecer, y dos años después mudé el negocio a un local ubicado en una esquina céntrica de 300 metros cuadrados”, rememora Juan Norberto Melo, vicepresidente de la Cámara Argentina de Videoclubes (Cavic) y socio gerente de Videomanía, cadena platense que supo contar con siete locales, pero que hoy apenas conserva dos.

La parábola comercial que describe este jefe de capacitación de una petroquímica devenido en videoclubista es consecuencia de una industria cuyo crecimiento fue exponencial hasta los primeros años de la década pasada. Luego quedó sometida a las oscilaciones de la economía, a una enorme carga impositiva que convierte a las ganancias en una cifra exigua, y a ese mal en apariencia endémico a la tecnología digital que es la piratería. De los seis mil videoclubes que saciaban la voracidad cinematográfica de los argentinos en los primeros años de los ’90, hoy quedan no más de 1200, según arriesga Marcos Rago, presidente de la Cavic, creada en septiembre de 2004 y que actualmente cuenta con 350 socios en todo el país.

Las estadísticas de la Unión Argentina de Videoeditores (UAV), integrada por las cuatro empresas más importantes del rubro, entre las que se concentra el 75 por ciento del mercado –AVH, SBP, Plusvideo y Transeuropa–, muestran que en 2006 se alquilaron más de 1,25 millón de películas, cifra que mermó hasta 850 mil un año después. La progresiva disminución continuó en 2008, cuando se hicieron 736 mil operaciones, un 42 por ciento menos que dos años antes. Esta situación pone a los videoclubistas en una encrucijada. “El modelo de negocio está cambiando. Ya no es suficiente un catálogo compuesto sólo por estrenos, sino que ahora hay que tener una especialización, ya sea cine clásico o de género. Es muy difícil sostener un negocio con los últimos lanzamientos”, reflexiona Rago. El videoclubista cita como ejemplo a la cadena Blockbuster, ese monstruo grande que pisó fuerte sobre los locales de barrio cuando arribó a la Argentina en 1994, con sus enormes mobiliarios y precios inferiores a sus competidores. Con casi nueve mil establecimientos y 90 mil empleados en todo el mundo, la empresa norteamericana mantuvo un crecimiento continuo en estas tierras hasta 2007, cuando inauguró su local número 83 en la ciudad bonaerense de Tigre. Desde entonces comenzó a cerrar a un promedio superior de dos tiendas mensuales, hasta llegar a la cincuentena que mantiene en la actualidad.

El negocio pirata

Comerciantes y videoeditores coinciden en señalar la principal causa de la merma: la piratería. Ese negocio mueve 700 millones de pesos anuales, más del doble que el mercado legal, y amenaza con cercenar 25 mil puestos de trabajo de la industria del cine y el video. Su última víctima fue El secreto de sus ojos, cuando los rostros de Ricardo Darín, Soledad Villamil y Guillermo Francella se multiplicaron por miles e invadieron ferias y puestos de diarios de Buenos Aires. “Se consumen más películas que en la época del VHS, pero el 70 por ciento es de origen ilegal. La proliferación de la tecnología digital permitió que hoy haya un reproductor de DVD en casi todos los hogares, facilitando la visión de esas copias”, explica Gustavo Alvarez, encargado de prensa de la UAV. En 2004, sólo el 9 por ciento de los hogares argentinos contaba con uno de los 900 mil reproductores que había en el país, mientras que en 2008 el 59 por ciento de las viviendas poseía un aparato, para un total de 6,3 millones en Argentina. El crecimiento a pasos agigantados de las conexiones de Internet banda ancha tampoco favorece a esta industria. Si se cumplen las proyecciones de la cámara, los 475 mil usuarios que en 2004 navegaban a máxima velocidad por la infinidad del ciberespacio serán cuatro millones durante 2010.

“Los usuarios perdieron el hábito de alquilar en un videoclub, ya que encuentran gran cantidad de bocas de expendio que operan con total impunidad y anuencia de las autoridades”, se queja el presidente de la Cavic. El beneplácito estatal a la operatoria de los vendedores ilegales no se limita a la indiferente actitud de inspectores y policías ante los innumerables manteros y puestos de diarios que comercializan copias apócrifas. A eso se suma la insuficiencia de los 23 allanamientos realizados durante el primer trimestre de 2009, en los que se incautaron poco más de 17 mil DVDR y 10 mil CDR, siempre según estadísticas de la UAV. Ante esto, las campañas publicitarias más fuertes las realizaba la MPAA, la asociación integrada por los estudios cinematográficos más grandes de Estados Unidos (las majors). Esa entidad supo tener una sede regional en el país desde donde pregonaban la utilización de material original. “A fines de 2008 reencauzaron los recursos y levantaron las acciones regionales en varios países latinoamericanos, entre ellos Argentina. En marzo del año pasado cerraron la oficina y sólo mantienen una sede en Brasil para los asuntos de ese país. Desde entonces sólo envían dinero para solventar las acciones legales, pero ya no tienen presencia física aquí”, afirman desde la Consultora Poliedro, encargada de la prensa de la asociación hasta su retiro.

Como suele ocurrir cuando se trata de políticas proteccionistas para quienes pregonan la divulgación de la cultura, poco hizo el gobierno porteño durante 2009. Apenas un proyecto de declaración de la Legislatura presentado por la diputada del Bloque Peronista Inés Urdapilleta, aprobado por la mayoría macrista el 1º de octubre. Allí se expresa “la preocupación por el avance del comercio ilegal de películas, con la consiguiente pérdida de miles de puestos de trabajo”, y se le solicita al Poder Ejecutivo de la Ciudad “que arbitre los medios necesarios para combatir ese flagelo”. El ministro de Seguridad y Justicia, Guillermo Montenegro, prometió que la Policía Metropolitana apuntaría “contra la red de organizaciones ilegales que está detrás de ese negocio”. Menuda tarea: el año pasado se importaron más de 115 millones de DVD vírgenes, materia prima de las copias ilegales. En 2004 habían sido poco más de un millón.

Cierre de editoras

Pero no sólo los videoclubistas pierden con la aletargada iniciativa oficial. La editora LK-TEL, poseedora de los derechos para el mercado hogareño de las producciones del estudio norteamericano Sony, no resistió los embates y cerró sus puertas en abril de este año. Tres meses más tarde fue el turno de Gativideo, una de las más antiguas de la Argentina y encargada de comercializar los productos de Fox, Disney, Miramax y MGM, entre otros. Sin embargo, el panorama que vislumbran en AVH, la única de las tres empresas de mayor volumen de salida que aún se mantiene en pie, es bien diferente. “Este año editamos 300 títulos, un centenar más que en 2008. Además abrimos oficinas regionales en Chile y Colombia”, afirma una empleada que prefiere el anonimato.

“Las rentas se vieron afectadas, pero no así las ventas directas”, sostiene la fuente de la empresa, cuyas 1239 cuentas administradas en 2005 devinieron en las 765 actuales. “Esa cifra indica que casi 500 negocios menos le compran sus películas. Muchos cerraron, otros basan sus catálogos en material importado, o adquieren algunos originales y lo completan con copias ilegales, además de una cantidad importante de videoclubes totalmente truchos de los que no tenemos datos”, explica el mandamás de la Cavic, una de las seis firmas que en noviembre de 2008 firmó el marco acuerdo que creó la Unión Argentina contra la Piratería (Uacopi).

Ideada por instituciones y empresas que involucran a todas las partes de la industria cinematográfica (el Incaa, sindicatos, exhibidores, además de la UAV y la Cámara), Uacopi busca “concienciar a la gente acerca de los problemas que acarrea el comercio ilegal, y tratar de exhortar a las autoridades públicas para que apliquen la ley y que tomen medidas para reducirlo”, explica Gustavo Alvarez, de la UAV. La tarea tiene aires quijotescos cuando el precio de un alquiler aumentó un 75 por ciento en los últimos cuatro años. Hoy ronda los 7 pesos por unidad, según estadísticas de la cámara. “No es un valor caprichoso. Por cada disco rentado el comerciante paga el 21 por ciento de IVA, más el 10 por ciento de impuesto al video, y el 5 por ciento de Ingresos Brutos y contribuciones municipales, además de las cargas sociales y gastos fijos que genera cualquier local”, señala Rago desde su negocio palermitano. Por cada cien pesos que ingresan a un videoclub, una vez descontadas las cargas impositivas y sociales (43,13 pesos), los gastos de mantenimiento (30,43 pesos) y el precio de compra de nuevo material (23 pesos), la ganancia no supera los 4 pesos. “La desgravación de impuestos debe ser un asunto de Estado y no una cuestión política”, se quejan desde la Cavic, reclamo que sostienen desde que la Ley de Cine sancionada en 1994 le impuso a cada alquiler el cargo extra del diez por ciento.

El reclamo recién fue oído en 1996. Aquel año, la Cámara baja de Poder Legislativo nacional aprobó un proyecto de ley que eximía a los comercios de este rubro de abonar el IVA. Pero la media sanción restante nunca llegó y la normativa no fue sino la primera de tantas iniciativas con descanso eterno en algún cajón anónimo del Congreso. “Los gravámenes no son al disco, son a la obra de arte que es la película, ya que tanto un film taquillero como un documental independiente pagan lo mismo. La piratería tiene a favor ese porcentaje, lo que da una diferencia de precio insalvable que ha destruido no sólo al videoclub y a las editoras sino también al mercado cultural. Aquí no se entiende, pero en Uruguay lo hicieron”, asegura Melo (ver aparte).

Pay Per View y Blu-ray

La piratería y la carga tributaria carcomen lentamente pero sin pausa la rentabilidad de los videoclubes argentinos. Sin embargo, desde agosto, los dos principales cableoperadores, que concentran el 70 por ciento del mercado, son un eslabón más en la cadena de complicaciones. Ya no sólo es posible encontrar películas de menor envergadura comercial antes en cable que en cines y DVD (Mi Führer, estrenada en cines el 17 de diciembre, se emite hace varios meses por el canal premium Cinemax), sino que el fenómeno ahora se extiende también a las superproducciones hollywoodenses. “Luego de que les quitarán el enorme negocio del fútbol codificado, Cablevisión y Multicanal implementaron el Pay Per View (PPW) y alteraron los tiempos tradicionales de exhibición”, se queja Rago, y cita como ejemplo la reciente yuxtaposición del estreno televisivo y en formato hogareño de X-Men Orígenes: Wolverine. La génesis del personaje interpretado por Hugh Jackman fue ofrecida en PPW desde tres semanas antes de que el sello Blu Shine lanzara la edición en DVD.

Los comerciantes apuestan al Blu-ray como el ariete de batalla ante esta nueva embestida. “Aún es un formato premium y no es redituable, pero lo sigo apoyando. No creo que reemplace al DVD, pero es una buena alternativa”, dice Rago. “Este año crecerán sus ventas”, vaticinan en AVH, donde esperan que el Mundial de Sudáfrica motorice la venta de los televisores de alta definición indispensables para la utilización plena del Blu-ray. Al parecer ese pequeño disco tiene en las múltiples capas que conforman sus escasos milímetros de espesor las llaves hacia el futuro.

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Los comerciantes calculan que por cada 100 pesos que ingresan a un videoclub, la ganancia no supera los 4 pesos.
Imagen: Rafael Yohai
 
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