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Domingo, 17 de abril de 2016

ARTE URBANO > ESCULTURAS DE BOTERO EN EL MUNDO

El arte de engordar

En el Paseo de la Castellana en Madrid, en una rambla barcelonesa, frente al Burj Khalifa de Dubai, en Medellín y en muchas otras ciudades, el colombiano Fernando Botero dispuso estratégicamente sus esculturas, multiplicando su popularidad y predilección por el volumen inflamado de las formas.

 Por Julián Varsavsky

“Nunca he pintado una gorda en mi vida”, dice Botero contra toda evidencia en cada entrevista. Argumenta que él crea volúmenes exagerados, ya sean naturalezas muertas, un violín, un gato, un caballo o una mesa, esculpidos o dibujados en un lienzo.

Centenares de periodistas le han preguntado si está obsesionado por las mujeres gordas. Pero el artista responde que no las ve excedidas sino esbeltas, volumétricas y sensuales. Y como nadie termina de creerle, ha llegado a subrayar que sus tres esposas han sido flacas, incluyendo a la actual, la artista griega Sophia Vari quien mide 1,75 metros y pesa 55 kilos. Es decir que al inflar las formas buscaría la monumentalidad y una expresividad desbordadas que aplica a todos los temas, lo opuesto de Alberto Giacometti, quien pintaba y esculpía flacos.

Carlos Fuentes justifica al colombiano –acusado por algunos de repetitivo y comercial– reafirmando que sus figuras no son gordas: «Son espacio. No son glotonas de dulces y pasteles. Tienen hambre de espacio». Por otra parte esos gordos –algunos son hombres– carecen de carne fláccida, ese símbolo realista de la obesidad: parecen más bien globos a punto de estallar. Y en el caso de las mujeres son por cierto muy distintas a las pintadas por Rubens y Goya. Mientras tanto, Botero pintó su propia Mona Lisa en versión volumétrica.

EL ARTE DEL BRONCE Botero repite por igual el estilo sobredimensionado en pinturas y esculturas. Estas últimas cobraron fama propia porque el artista ejecutó en las últimas décadas una hábil política de exposiciones callejeras con posterior donación para que quedaran exhibidas en plazas, museos al aire libre, paseos y las avenidas más modernas y masivas de medio planeta. Esta mecánica –marketinera para los detractores– le ha garantizado una fama y presencia urbanas muy grandes que condujeron al aumento de la cotización de sus obras a niveles exorbitantes y “volumétricos”: es uno de los cinco artistas plásticos vivos más caros del mundo, llegando a vender sus obras por millones de dólares.

Donde más esculturas de Botero hay es en Colombia, resultado de sus donaciones. Y la mayor concentración está en su ciudad natal, en el Parque de las Esculturas de Medellín, inaugurado en 2002 con veintitrés obras al aire libre. Antes de llegar aquí las habían exhibido en las calles de Madrid, París y Nueva York, para terminar bajo el sol del trópico al alcance de la mano del público: lo que más hace la gente es acariciar la tersa superficie de bronce de las obras expuestas en el popularmente conocido como «el parque de los gordos».

El público deambula entre colosales imágenes como El torso masculino (2000 kilos), La Venus durmiente y el Pájaro. Las obras están agrupadas temáticamente: hay un sector dedicado a las partes del cuerpo donde están La mano, La cabeza y La mujer mutilada. En otro hay animales domésticos y en una esquina las imágenes míticas de La esfinge y El rapto de Europa. Pero el área más popular es la de las sensuales mujeres reclinadas donde se exhiben Eva, La maternidad, La mujer vestida y otras dos voluptuosas féminas «con fruta» y «con espejo».

En el casco histórico de Bogotá el Museo Botero del Banco República es el más completo que existe dedicado al artista, con muchas de sus pinturas famosas y 21 de sus esculturas figurativas, que algunos consideran neorrenacentistas por su influencia florentina. En la planta baja se exhibe su famoso bronce de la Mano Izquierda.

En el porteño Parque Carlos Thays -en el cruce de la avenida del Libertador con Callao- se levanta el Torso masculino desnudo, un coloso sin brazos ni cabeza. Pero en España es donde está la mayor profusión de volumetrías boterianas en bronce, resultado de generosas donaciones luego de su exposición madrileña en el Paseo de los Recoletos, en plena feria Expo Mundial 92.

En la Plaza Colón de Madrid se erige Mujer con espejo. Al final de la Rambla de Raval barcelonesa hay un caricaturesco gato rechoncho que observa a los transeúntes sin expresión, como miran los gatos pero también todos los personajes de Botero. En La Coruña hay un Soldado romano; en Mallorca una mujer recostada despide a los turistas en el aeropuerto Son Sant Joan (lo mismo sucede en El Prat de Barcelona y en Barajas de Madrid).

El Burj Khalifa de Dubai –el edificio más alto del mundo– fue honrado por Botero con un oportuno caballo instalado a sus pies. Frente a la Iglesia Santo Domingo, en Cartagena de Indias, instaló La gorda Gertrudis y lo mismo hizo con otras obras en la Explanada de los Héroes en Monterrey, la estación de metro Liverpool Street en el Soho londinense, el puente Boat Quay-Cavenagh de la coqueta Singapur, el Museo de Arte Contemporáneo de Hiroshima, en Kazajistán, en los Jardines de Montecarlo y hasta en el Museo de Arte del Principado de Liechtenstein, siempre en plena calle.

También se ha dado el gusto de exponer en los Champs-Elysées de París, en la Piazza della Signoria en Florencia y hasta entre las pirámides de Egipto.

Botero es uno de los dos artistas más respetados que ha dado Colombia en su historia: del otro, declaró hace unos años el pintor que «me cae pesado».

ESCULPIENDO VOLUPTUOSIDAD En 1956 Botero terminó de perfilar su estilo tempranamente, cuando al retocar su Naturaleza muerta con mandolina se le ocurrió, casi en broma, cambiar las proporciones y achicar al extremo el agujero de la caja de resonancia, descubriendo que ese efecto resaltaba la monumentalidad de la forma, agigantando el instrumento. A partir de allí comenzaron a multiplicarse sus gordos y gordas con ojos, nariz y boca desproporcionadamente pequeños. Y para subrayar la expresividad de los contornos exorbitantes, los rasgos faciales son siempre neutros, inexpresivos.

Vargas Llosa escribió que las figuras fríamente caricaturescas de Botero siempre han pertenecido al ámbito de la juguetería, «este mundo ficticio cuyas fronteras un niño confunde con la realidad». Pero no se trataría de un «mundo inocuo, bello, inocente, fijo». Porque «al inflarse, las personas y las cosas de Botero se alivianan y serenan, alcanzan una naturaleza primeriza e inocua. Y asimismo se detienen. La inmovilidad cae sobre ellas... El gigantismo que las redondea y acerca a un punto pasado el cual reventarían o se elevarían por los aires, ingrávidas, parece también vaciarlas de todo contenido: deseos, emociones, ilusiones, sentimientos. Son sólo cuerpos, físico incontaminado de psicología, densidad pura, superficies sin alma».

Botero nunca abrazó los riesgos y complejidades –o también simplismos– de la abstracción. Y declaró: «Yo creo que el arte se ha hecho originariamente para dar placer y que la belleza es una meta del arte. Hoy día hay como una distorsión. Parece que el arte que da placer es sospechoso, cualquiera diría que el arte se hace para fastidiar a los demás y que la obra debe ser fea. Se ha producido un divorcio entre el artista y la sociedad». Y en consecuencia «el arte se ha hecho aburridísimo. Cuando uno va a las grandes exposiciones de lo que podríamos llamar ‘la vanguardia’, es un aburrimiento mortal. Y viene la indiferencia».

Sus detractores dicen que el artista encontró su nicho de mercado y se instaló allí sin evolucionar, repitiéndose a sí mismo. Botero, indiferente a toda crítica, ya octogenario, continúa inflando personas y objetos con tenacidad: en el pueblo toscano de Pietrasanta, meca de fundidores artesanales; en la isla griega de Evia; en su departamento de Park Avenue de Nueva York; en el de la Rue du Dragon en París o en el del Principado de Mónaco con vista a los veleros más caros de la tierra. E incluso creando en su propio yate mientras recorre el Mediterráneo.

Hasta ahora ninguna de sus mujeres volumétricas tan al límite ha estallado. Pero sí lo ha hecho un pájaro: el del Parque San Antonio de Medellín, cuando uno de los grupos en conflicto puso en 1995 una bomba que causó numerosas víctimas. El pájaro permanece aún con un hueco en el estómago que lo atraviesa de lado a lado, como si lo hubieran atacado con un misil, cual «un monumento a la imbecilidad y a la criminalidad», según palabras del artista.

A Botero, por su parte, nadie lo saca a esta altura de su negada obsesión por engordar un mundo que más bien le rinde culto a la escualidez femenina, aunque llegue a morirse algún día sin haber pintado una gorda jamás en su vida.

Las voluminosas formas de Gertrudis, uno de los personajes «hambrientos de espacio» del colombiano.

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Del original a la réplica: las figuras de Botero son souvenir frecuente en Cartagena de Indias.
 
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