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Domingo, 17 de abril de 2016

CHUBUT > HISTORIAS DE VIEJOS Y NUEVOS COLONOS

Más allá del té galés

La fusión de culturas es uno de los sellos de Gaiman, donde la herencia de los inmigrantes llegados en el velero Mimosa sigue siendo tangible. Un pueblo para disfrutar de sabores tradicionales, tardes de calma rural y asomarse a las vidas de quienes eligieron vivir en la Patagonia.

 Por Livio González

A diferencia de Trevelin o Dolavon, que exhiben desde la toponimia el origen galés, Gaiman tiene ADN tehuelche: pero casi solamente en el nombre, que significa «piedra de afilar» en esa lengua nativa. Aquí se refugiaron los galeses que vinieron a poblar parte de Chubut, incentivados por el gobierno argentino con la entrega de terrenos que se repartieron, para resumir, en 50 hectáreas para los solteros y el doble para los casados.

Aquí, en el valle inferior del río Chubut, es donde comienza la historia de convivencia pacífica entre colonos y tehuelches. Lo cierto es que, más de un siglo después, Gaiman comparte con Gales mucho más que dos letras: todas las familias, a través de uno u otro de sus integrantes, tienen ascendencia en aquella remota nación que buscó libertad religiosa y una nueva prosperidad en la Patagonia.

Las capillas protestantes, instaladas con regularidad cada diez kilómetros, los concursos de poesía y arte Eisteddfod y el tradicional té galés merecen ser descubiertos con profundidad en otros relatos, al igual que la inconmensurable osadía y epopeya que fueron los viajes al sur del mundo desde el puerto inglés de Liverpool. Esta vez, alojados bajo el cielo inmenso de Gaiman, la experiencia de aquel pasado y el valor de aquella herencia se transmiten en las historias de vida de quienes, dejando otras tierras y menesteres, se afincaron en Gaiman y honraron su suelo.

La casa galesa de los Plust en los terrenos que habían sido del matrimonio Williams-Jones.

PORTEÑOS EN CHUBUT Marcela es uno de los miembros de la familia Plust. Dueña de una chacra única en el valle, es una cálida anfitriona experta en turismo y un buen exponente de las encrucijadas que se producen en las vidas de esta parte de la Patagonia.

Todo comenzó con el casamiento de sus padres, Santiago y Ester, que decidieron pasar su luna de miel en Chubut, con destino final en Colonia Sarmiento. Pasaron por Trelew, donde Santiago –dedicado a la venta de electrodos– tenía un cliente: por entonces la ciudad estaba en pleno auge de la industria textil gracias a los beneficios de la ley del Paralelo 42 (todos los materiales y mercaderías que se importasen al sur de esa línea estaban libres de impuestos). Lo cierto es que, pese al viaje de bodas, el padre de Marcela dejó temprano a su novia en el hotel y regresó a las siete de la tarde. Entusiasmados por el contacto con nuevos clientes, ambos decidieron quedarse una semana en Trelew –una ciudad pujante que multiplicó su población en diez años– para seguir los negocios. El empeño no quedó allí: finalmente decidieron invertir las ganancias en la zona y compraron un terreno en Trelew a propietarios de Gaiman, con quienes quedaron en buenos términos incluso después de terminar la luna de miel y volver a Buenos Aires.

No regresarían al sur hasta diez años después. Y se les hizo difícil, por el crecimiento urbano, encontrar el terreno que habían comprado una década antes. Fue así que se pusieron en contacto con los antiguos dueños, que los ayudaron a ubicar el lugar y los invitaron a su casa. Desde entonces ambas familias, con sus respectivos hijos, compartieron vacaciones en la Patagonia cada verano.

Así la semilla echó raíces y el terreno de Trelew terminó vendido para comprar una chacra en el pueblo galés. Originalmente esas tierras habían sido otorgadas al joven matrimonio de David Beynon Williams y Gwen Jones –probablemente llegados en el velero Mimosa junto con el primer contingente migratorio de Gales– a fines del siglo XIX: eran 100 hectáreas, como para todos los casados. Ya no queda en pie la primera y precaria casa que construyó Williams, herrero de oficio, quien también plantó los primeros árboles para repararse del viento. Unos años más tarde el colono levantó la casa galesa que aún hoy forma parte de la chacra: encantadora y cómoda, no tenía baño, según los cánones de la época.

Casi un siglo después del otorgamiento de las tierras al matrimonio Williams-Jones, la familia Plust compró 50 hectáreas de aquella chacra, ya en estado de abandono. Acondicionaron la casa de campo, le agregaron baño y jardín de invierno, y decidieron dedicarse a la agricultura y el engorde de novillos.

Una vez más, el tiempo hizo su trabajo. Cuando crecieron los hijos, Santiago decidió levantar una casa de vanguardia, empezando por las paredes dobles con cámara de aire y calefacción a penales solares. La familia se instaló, y finalmente incorporó su propia casa al hospedaje.

Marcela, la hija mayor, siguió la tradición reacondicionando la vieja casa galesa: hoy es un lugar soñado, con grandes ventanales al valle y de un profundo silencio nocturno. El éxito del emprendimiento generó la construcción de una cabaña más. Tres en uno, cada espacio tiene un estilo diferente, pero comparten una gran piscina, el río Chubut a un lado de la chacra y un cielo que no sabe de límites en las noches despejadas.

La muestra agropecuaria de Gaiman, donde los productos de la tierra honran a los primeros agricultores galeses.

GAIMAN TENTADOR Todos los años, los saberes de la tierra y sus consecuentes sabores se exhiben en la Muestra Agropecuaria local, que realizó días atrás su edición número 32 y es un evento clave para los habitantes del valle, a los que se suman con gusto los turistas. Vale la pena tenerla en cuenta a la hora de planificar una visita al valle, porque en la feria se ofrecen productos de excelente calidad. Además, quienes se hayan subido a la ola foodie podrán disfrutar de clases magistrales a cargo de chefs nativos e invitados. Este año participó Ximena Sáenz, del equipo de Cocineros Argentinos, frente a una multitud. Entre plato y plato es posible visitar el museo de la antigua estación y la primera casa construida en el pueblo, las capillas galesas y el clásico té.

Con un poco más de tiempo, el pueblo de Dolavon es menos turístico pero también merece el desvío. Allí existe todavía un molino harinero del siglo XIX, de tres niveles, con norias de pinotea canadiense cuya producción se destina a las pastas del restaurante La Molienda. Propiedad de Roberto Giallatini, es el único superviviente de los seis que había en la zona: dos en Trelew, dos en Gaiman y dos en Dolavon.

Mientras tanto, incluso cuando se apagan las luces de los eventos, el pueblo sigue teniendo historias para contar. Como la de Arturo, que se dedicaba a la venta de gomas y un día decidió cambiar de vida instalándose con su esposa –Narlú Lloyd, de padres y abuelos galeses– en una finca de manzanares. Estudiando las posibilidades, ampliaron la producción a las frutas finas: frambuesas, corintos, cassis y cerezas. Tranquilos y consagrados a la venta de fruta fresca y congelada a los lugareños, una tarde hace más de 15 años los sorprendió la llegada de una camioneta con un guía y seis turistas extranjeros que hacían tiempo hasta las cuatro de la tarde, hora de apertura de las casas de té. «Don Arturo, ¿qué podemos hacer con estos pasajeros?». Y como justo estaban por cosechar y todas las plantas tenían fruto, decidió mostrarles las plantaciones, contarles el proyecto -traductor mediante- y organizar una degustación al pie de los sembrados. No hace falta decir que quedaron encantados. Se corrió la voz y un turista trajo otro, siempre haciendo tiempo antes del té, hasta que el galpón se transformó en un salón de ventas y degustación de recetas familiares.

Dicen que detrás de todo hombre hay una gran mujer. Y allí está Narlú, con todos sus antecesores de origen galés. Con las recetas de tradición familiar, prepara las tortas y los dulces mientras Arturo se dedica los licores: los dos con una sólida convicción artesanal que es el auténtico encanto de Gaiman.

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Antiguo molino harinero de Dolavon, el único que sobrevivió de los seis que había.
 
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