rosario

Martes, 18 de octubre de 2016

CONTRATAPA

Tradiciones de argentinidad

 Por Sonia Catela

1. Himno nacional

Su escritura se dibuja con una bala que entra en la carne y traza sobre el pavimento signos, los que le agregan al himno otra estrofa o una palabra o una sílaba,

cuya lectura entonamos a coro ,

en Plaza de Mayo, o en Rosario,

balas en el damero horizontal del tiempo, en sus latitudes que se expanden componiendo esa escritura permanente, sin conclusión,

himno,

que se borra cada vez y cada vez se vuelve a redactar,

bala que entra en la carne y busca la palabra machacona,

que unos cantan a todo pulmón, resistencia, que otros susurran guiando el instrumento del trazo, represión,

oíd mortales,

oíd,

alguien más cae en una plaza, en un sótano, en un centro ilegal de detención, en la horca de una comisaría,

caemos, mortales,

escribiendo este himno inconcluso,

obstinado en desvanecerse,

en exigir reescrituras en las rutas, en la Esma, en los Congresos y en las cárceles,

oígannos ,

se oye

cómo ese pibe, con el agua con que limpia el parabrisas en la autopista, escribe el himno,

o el modo en que ese anciano con sus lágrimas en la cola eterna, escribe el himno,

los que arman la olla popular, vapores del himno,

y los que marchan, perpetuamente, se movilizan, cortan rutas, saquean supermercados, rompen vidrieras, organizan cacerolazos,

nacional, himno,

piquetes, con piquetes se escribe este himno de arena,

que se escurre entre los dedos,

y deja ese color ese plasma,

oíd mortales,

afirma que el grito es sagrado,

sin punto final,

mientras la bala entra en la carne y entra,

y nosotros, intentamos interpretar lo que la bala quiere decir

para cantarlo.

...

2. Señorita Cora

Luego de aprender y reflexionar, la maestra transmite lo importante: "los títulos, se subrayan con verde", y: "después de punto, mayúscula"; ella vigila que, en cada renglón, lo que se copia respete la línea de calidad del producto. Inclina su uniforme, pupitre por pupitre, y señala con el dedo, sobre tu cuaderno, las alteraciones al orden que nos sostiene. Pero, sin aviso previo, sirenas y reflectores se desatan ante tu banco "¿qué, qué es esto, Vizcarra?" la boca pintada detona, se hace bocina, la señorita te hace poner de pie y arrebata algo de tu pelo, algo que clasifica dentro de los reinos de la zoología y la moral: "un piojo". "Vizcarra tiene piojos". Mata esa secreción de la indecencia entre las uñas y manda que te separes, que dejes de engañar al mundo con tu dulce nombre de Nina y asumas tu verdad de convicto: Vizcarra, y manda que te adelantes y te apoyes contra el pizarrón; los ojos de tus compañeros, de siete años, como vos, atrás, en sus refugios protegidos, mientras la visibilidad de tu culpa se acrecienta contra el paredón, y "a ver a quién contagiaste" la señorita Cora despliega su energía, hace bajar las cabezas, que se apoyen sobre las tablas, abrirá cueros cabelludos y examinará costumbres honorables, llama a la directora, la directora envía a la portera a que las provea de un peine, el peine se compra de urgencia en el kiosko de Mendoza y San Nicolás y el procedimiento comienza, banco por banco, separando justos (cada uno de los escrutados) de réprobos (vos).

Y cada uno de los indultados se apresta a seguir las instrucciones que se impartan sobre el comportamiento a observar. Del otro lado, los que aguardan la revisación y el dictamen, se paralizan: que por nada del mundo los manden al pizarrón mientras el producto de tu culpa es hecho público pasándolo banco por banco (éste es el piojo) y el terror te apresa entre sus alambrados de púas y la guillotina verbal cae, límpida: "habrá que llamar a tu mamá, Vizcarra", sucia, y vuelven a revolverte el pelo y a ratificar "un criadero, pero miren estas liendres, qué tamaño", "no vas a poder volver a la escuela hasta que te limpien esa cabeza, Vizcarra" y no se precisa decirlo pero ésa es una escuela decorosa, no un albergue para merodeadores. Llegás a casa y extendés la nota de suspensión a tu madre y ésta, luego de un par de bofetadas porque "eso te acarrean tus juntas, esa judía, la Aída Chasky", judía mugrienta, "no digas eso, Aída es buena amiga, mami, y no tiene liendres", "Qué no va a tener. Vaya amiga. Te avisé o no te avisé", te pondrá plata en la mano y te mandará a la farmacia a comprar "algo que mate piojos", y así tendrás que pedirlo, porque "yo no conozco el nombre de esos productos ni me interesa empezar a conocerlos", y vos saldrás despacito a la calle, haciendo tiempo, apretando el billete entre los dedos, contando las baldosas del camino, sin poder verte la estrella amarilla que te han colgado en el pecho, tan visible, sin embargo, para todos los demás.

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