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Viernes, 18 de abril de 2014

MUSICA › JUAN CARLOS BAGLIETTO Y SILVINA GARRE PREPARAN UNA SERIE DE SHOWS

“Pasa el tiempo y uno se reconcilia con el pasado”

Los intérpretes rosarinos actuarán la semana que viene en el Opera, donde repasarán viejos éxitos pero también material posterior de sus respectivas carreras. “No queríamos que esta juntada fuese para llorar por lo que hemos sido, sino para disfrutar de lo que somos”, dicen.

 Por Cristian Vitale

Entre el pasado lejano, el pasado cercano y el presente inmediato, eligen empezar por el “futuro incierto”. Juan Carlos Baglietto y Silvina Garré se ríen del chiste, y van por más. “O si no por el pasado pisado, ¿no?”, persiste el cantante rosarino, y la cosa va tomando su rumbo. El “pasado pisado”, en sentido figurado, claro, sería, por, para y entre ellos, el tiempo de la trova rosarina que, a principios de los años ochenta del siglo pasado, irrumpió en la dura Buenos Aires como un bello huracán de músicas, talentos y poesías. Y de la cual ambos, jóvenes y novios por entonces, fueron parte medular. “Todo comenzó en los bares de Rosario”, introduce Garré. “Lo conocí antes de que él me conociera a mí, porque él tocaba en esos bares y yo lo iba a escuchar. Después nos conocimos en uno de esos bares, donde la bohemia y la música se juntaban.” “Sí –enlaza Baglietto, sentado junto a la cantante, compositora y psicóloga en un bar de Palermo–. Frecuentábamos los mismos lugares, y había como una cosa de face to face... en Rosario no éramos tantos, y los músicos nos conocíamos todos. Eso habrá sido en 1980, plena dictadura.”

–“Pasado pisado”, ahora en serio.

Juan Carlos Baglietto: –Así es (risas). Recién se había separado Irreal, la banda que yo integraba por entonces, y habíamos pasado una cosa fea, de patoteada, que nos había asustado mucho, sí. Entonces, había que formar un grupo nuevo. Hablé con ciertos amigotes y empezamos de nuevo.

Entre aquel recomienzo, que determinó la asombrosa irrupción de la trova rosarina en Buenos Aires y hoy, pasaron 34 años y ciertos encuentros y desencuentros. Pasó, en lo puntual, el temprano alejamiento de Garré para jugarse por una carrera solista que empezó por La mañana siguiente, disco publicado en 1983, y pasó un primer reencuentro, en 1989, que llevó a ambos a girar por todo el país, concluir con siete Operas y un Luna Park repletos, y volcar parte de ese material en el disco En vivo en el teatro Opera. “Todavía no habíamos perdido la candidez ahí, porque nos comimos tantos bolazos que, bueno, nos estafaron olímpicamente. Incluso nos agarró en el medio de la hiperinflación... nos levantábamos al otro día, y las entradas que habíamos vendido el día anterior no nos alcanzaban para pagarles a los músicos”, evoca Baglietto. “Pero además –continúa– los dos teníamos como cierto miedo a juntarnos, a tal punto de que nos blindamos, ¿qué necesidad había de tocar con dos bandas?... creo que cada uno buscó su espacio de seguridad en eso.” “Igual, artísticamente estuvo bárbaro. Fue lindo volver a cantar juntos”, equilibra Garré, sobre el antecedente inmediato de lo que ocurrirá el viernes 25, sábado 26 y domingo 27 de abril a las 21.30 en el Teatro Opera (Corrientes al 800), cuando ambos vuelvan a presentarse juntos. “Es un buen momento para juntarnos, porque estamos en pleno dominio de nuestras facultades”, se ríe la voz de Evita, quien quiere oír que oiga. “Y por supuesto van a estar aquellas canciones que, sabemos, han sido nuestra llave de ingreso en el corazón de la gente, pero también cosas posteriores, que queremos mechar con aquéllas”, anuncia Baglietto.

–¿Por ejemplo?

J. C. B.: –Canciones de Silvina que nunca canté y otras que nunca grabamos. De entrada, coincidimos en que no queríamos que esta juntada fuese para llorar por lo que hemos sido, sino para disfrutar de lo que somos.

Silvina Garré: –Claro, pero tampoco se trata de ser mezquinos y decir “no vamos a tocar tal o cual canción”.

J. C. B.: –Es cierto que uno a veces se resiste a traer cosas del pasado, pero creo que pasa el tiempo y uno se reconcilia con eso, ¿no? En algún momento te rompe las pelotas porque decís “tantas veces he tocado esto”, ¿por qué no se relajan y me dejan mostrar lo que estoy haciendo ahora?, pero después, bueno, decís: “esto también fui yo”.

S. G.: –Y ves a Paul McCartney que canta “Let it be” o “Hey jude”, y te gusta como público, ¿por qué no contemplar eso?

–¿Cómo hicieron para mantener el caudal de voz?... es un rasgo que indudablemente caracteriza el presente de ambos.

S. G.: –Yo lo mejor que hice fue dejar de fumar.

J. C. B.: –Yo también, en el ’96, porque creo en la teoría del fin superior... tenés que tener un fin superior para superarte en algunas cosas, no estoy inventando la soda (risas).

S. G.: –Además, la voz va incorporando otros colores con los años. No sé. Yo estoy teniendo una voz más grave ahora, cuando antes era más aguda, más aniñada. En lo que hace a mi carrera, sí, hay algunas canciones en las que he bajado la tonalidad porque llego muy chillona a las notas.

–¿Son muy obsesivos con el cuidado de la voz?

S. G.: –Para nada. Yo necesito dormir, solamente. No es que no pueda cantar si duermo poco, pero me da tranquilidad. Es casi psicológica la cosa.

J. C. B.: –Yo necesito comer (risas).

–Quedó pendiente lo del pasado (no) pisado...

S. G.: –Ahí va: cuando nos conocimos hacíamos canciones a dúo y de autores rosarinos como “Qué son esas palabras”, de Callaci y Bielsa; una versión del poema “Te quiero”, de Mario Benedetti, pero no la que canta Nacha Guevara; “Para Victoria”, de Roque Narvaja, o “Sueño con serpientes”, de Silvio Rodríguez. La pasábamos bien.

J. C. B.: –Cantábamos en bares, sí, y el Café de la Flor, uno de ellos, fue el espacio en el cual se desencadenó la posibilidad de armar la trova.

Una juntada en potencia, dicho de otra forma, que mutó en acto a través de un personaje central para la historia de Baglietto y su trouppe: Facundo Avigliano. “Habíamos ido a tocar con Irreal a un sótano de Cerrito al 200 y, más allá de las ásperas peripecias que implicaba venir a esta ciudad en el Estrella del Norte y que te vaya mal, como de hecho nos fue (risas), nos conoció Avigliano. ¿Por qué cuento esto?, porque una noche, en el Café de la Flor, cae Facundo Cabral, cuyo representante era el mismo Avigliano y, cuando nos vimos, él se acordó de aquella noche en el sótano de Buenos Aires. Y al tiempo nos llegó una carta suya preguntándonos si queríamos participar en un festival que se iba a hacer en Obras”, evoca Baglietto.

–El contrafestival que se hizo “en protesta” por la venida de Frank Sinatra, en 1981.

J. C. B.: –Tal cual. Me acuerdo que la entrada para ver a Sinatra costaba mil dólares y la nuestra, uno (risas).

S. G.: –Había músicos de todas las provincias, y nosotros participamos como representantes de Santa Fe. Avigliano, después, empezó a visitar diferentes compañías discográficas para ver si podíamos grabar algo. Creía muchísimo en lo que hacía Juan, y así llegamos a EMI.

J. C. B.: –Más allá del tesón de Avigliano y del interés de la EMI, también pasó algo fuerte con la gente, que significó un quiebre para nosotros. Hubo una cosa que tuvo que ver con el momento en que nos tocó estar ahí.

S. G.: –También lo que había sucedido con nosotros en el Festival de La Falda, en 1982, antes de que saliera el primer disco. La gente estalló con “Mirta, de regreso”, un tema que no conocía absolutamente nadie y sin embargo pegó muy fuerte. Recuerdo que al día siguiente tenía que tocar Pedro y Pablo, pero ellos no llegaron y los organizadores le pidieron a Juan salir de nuevo ¡y la gente cantaba parte de “Mirta, de regreso”! Increíble

J. C. B.: –Además, es una canción sin estribillo, eso era lo raro. Son ocho estrofas, una atrás de la otra, con un choclo de letra ¿no?... una canción rara a primera escucha y, sin embargo, pasó eso con la gente. Fue raro y fuerte lo que pasó, porque esas canciones no se escribieron para esa situación ni para nosotros en particular. Nos asombraba la respuesta porque tocábamos esas mismas canciones en bares y peñas, y de golpe pasó algo inesperado, porque cobraron una dimensión que no deja de ser extraña. A ver, llenar Obras y que quede gente afuera fue una gran sorpresa para nosotros. Incluso, volvimos a Rosario después de ese Obras y pasamos de los bares a hacer cuatro funciones en el Teatro del Círculo. ¡Pero si hace tres meses tocamos acá, a dos cuadras, y no fueron ni cincuenta personas! (risas)

La trova duró dos años y tres discos. El primero, Tiempos difíciles, el de “Era en abril” y “Mirta, de regreso”, que ya estaba grabado pero se editó después del Festival de La Falda; el segundo, Actuar para vivir, el de “Qué son esas palabras” y “Río marrón”, en cuya contratapa –en la edición vinilo– aparece una fotito de Silvina Garré fumando un cigarro, y la del resto de los integrantes: Fito Páez, Rubén Goldín, Zappo Aguilera, Sergio Sainz, Marco Pusineri y Baglietto, claro, mirándose en un espejo de camarín. Y el tercero, Baglietto, publicado en 1983. “Incluso yo ya no estaba en el tercer disco, sólo participo como invitada en ‘El témpano’ e ‘Historia del mate cocido’, refiere Garré.

–¿Cómo sobrellevó eso de ser la única mujer en medio de tantos hombres?

J. C. B.: –Un montón de salvajes (risas).

S. G.: –Bien, no sé, yo era la novia de Juan y había venido a Buenos Aires con mi compañero a cantar, que era lo que más me gustaba. Pero no era amiga del resto, no los conocía mucho.

J. C. B.: –Era una situación medio compleja, porque todos estábamos tratando de entender, y entonces las relaciones, cuando empiezan a suceder cosas, se empiezan a trabar, y todo el tiempo estábamos peleando las cosas internas, y con 34 años menos.

S. G.: –Teníamos 20, sí.

–Complicado, porque a esa edad, en general, no hay una experiencia detrás que ayude a contemporizar humores en beneficio de un bien común. No hay demasiadas herramientas “racionales” para canalizar determinadas broncas.

S. G.: –No sólo eso, la edad, sino también el desarraigo, dejar tu ciudad e irte a otra donde arrancás con tremendo éxito de entrada. Fuera de tu ciudad, joven, y con tanta gente detrás. No sé, incluso hasta creo que lo llevamos bien, porque, bueno, acá estamos, haciendo lo que nos gusta.

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“Es un buen momento para juntarnos, porque estamos en pleno dominio de nuestras facultades”, bromean.
 
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