EL PAíS › OPINIóN

Lucha de clases

 Por Fernando D´addario

El economista neoliberal Javier Gonzalez Fraga dijo: “venimos de 12 años en donde las cosas se hicieron mal, donde hiciste creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”. Se está refiriendo, claro, al medio pelo argentino, que votó, mayoritariamente, a Mauricio Macri. Pero el tema no se agota ahí. Porque buena parte de ese medio pelo considera que “venimos de 12 años en donde las cosas se hicieron mal, donde le hiciste creer a un obrero que su hijo podía estudiar en la universidad pública y su madre se podía jubilar sin hacer los aportes”. Y, asimismo, muchos obreros piensan que “venimos de 12 años en donde las cosas se hicieron mal, donde le hiciste creer a un negro planero que podía vivir sin laburar, con un subsidio que pagamos todos”.

Una primera conclusión de este dibujo social es que la lucha de clases existe, pero se viene viabilizando de arriba hacia abajo. Se trata, con perdón de los teóricos, del “antimarxismo”. Un movimiento dialéctico negativo: en su pugna por imponerse, la oligarquía diversificada necesita aplastar a la pequeña burguesía, que a su vez intenta frenar a lo obreros, que le temen a los marginados. Está claro que en este juego hay un solo sector que nunca pierde. ¿Y por qué nunca pierde? Hay una razón, provisoria, sujeta a análisis más profundos: el neoliberalismo logró inocular en el cuerpo social un virus de doble alcance, que por un lado construyó una actitud de deseo permanente y por el otro desvió la lucha por concretarlo. A cada clase le puso una zanahoria, bien arriba, y la convenció de que su pelea no es contra el que sostiene la zanahoria sino contra el que amenaza desde abajo con arrebatar la pequeña zanahoria propia. Es decir, los de arriba están cada vez más lejos porque los de abajo están cada vez más cerca. Por supuesto, tal amenaza no existe, es solo la razón esgrimida para justificar que casi nadie pueda consumir, finalmente, la tan deseada zanahoria.

La declaración de González Fraga es, involuntariamente, un elogio de la gestión anterior. Le está reprochando al kirchnerismo que haya intentado, aunque sea mínimamente, resquebrajar ese esquema regresivo. Le avisa que, como clase, acusó el golpe, porque la zanahoria había empezado a estar más cerca del alcance de muchos. Pero habla con la tranquilidad del que logró restaurar –provisoriamente, esperemos– el “orden natural de las cosas” gracias a su hegemonía cultural: solo ellos percibieron la verdadera amenaza y actuaron en consecuencia.

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