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Elogio de la feria

 Por Juan Sasturain

Sabemos, y nos gusta saberlo, que feria es fiesta, en latín. Ese sentido original se conserva en el universo leguleyo, tan dado a los latines, en la expresión feria judicial, cuando cierran los tribunales, la Justicia no labura. De esa idea festiva ahí viene también el original feriado, adjetivo que presupone –antepuesto, habitualmente tácito– el sustantivo día. Los días feriados son, por definición, los no laborables, en los que no hay –sobre todo– comercio. Porque la feria es por definición tiempo de ocio, no de negocio.

Sin embargo, la primera de las seis acepciones o usos comunes de la palabra feria que recoge el diccionario castellano muestra cómo el significado ha decantado en otro sentido, el que todos reconocemos hoy: feria es un “mercado extraordinario, generalmente en lugar público y al aire libre”. Recién la segunda acepción dice: “fiesta que se celebra con ese motivo”. Muy revelador: de la fiesta ocasional que motiva espontáneamente, con el encuentro, la transacción libre, a la idea de la convocatoria básicamente comercial que sirve de motivo –de pretexto, incluso– para el festejo.

La doble condición de la feria –mercado y fiesta / fiesta y mercado– se actualiza cada vez que asistimos, transitamos, participamos de una. En ese sentido, me gustaría poner el énfasis en la definición inicial, subrayando lo de mercado “extraordinario” y lo de “lugar público” de su realización. Obviamente, la definición no habla del mercado entendido como funesta deidad pagana y omnipotente del culto liberal sino –modesta, clásicamente– de un viejo conocido, ese tipo de espacio comercial múltiple y heterogéneo, hoy casi en vías de extinción, con diversos puestos de expendio de diversos productos con diversos dueños directamente expendedores. Si ese mercado (habitualmente público) y su variante barrial y privada, el mercadito –hoy arrinconados por los súper y los híper y los shoppings–, son o eran lo ordinario, lo usual, lo que abre y cierra cada día (laboral) sus puertas, la feria es o era, en el festivo feriado, su necesario avatar informal a cielo abierto, salvaje, primitivo, desregulado y, por eso mismo, “extraordinario”.

La feria, entonces, definida como la manera que toma el mercado para hacerse presente / colarse en la fiesta. Y esto vale hoy, sobre todo, para algunas realizaciones específicas, como las llamadas “ferias del libro” que –de pronto– se han saludablemente generalizado en muchísimas ciudades grandes y medianas de este compulsivo país. Todas las semanas hay una nueva o una repetida; vamos y venimos –lectores y / o escritores- entre inauguraciones y cierres, entre aperturas de mercado y fines de fiesta.

Porque en ningún otro tipo de ferias como en las “del libro”, se hace tan clara y evidente la concurrencia de sentidos e intereses que hemos descripto. Cabe a cada realización puntual, a cada feria, decantarse hacia la fiesta o hacia el mercado. Si elige ser una fiesta del mercado o un mercado para la fiesta.

Nos gustan las ferias en general, por su definición de fiesta abierta, expandida y desregulada, que permite la concurrencia más o menos libre y espontánea a ambos lados de un mostrador móvil, cambiante y sujeto al ida y vuelta de los roles y los bienes. Nada mejor que ese escenario para que los libros circulen –nuevos, saldados, usados– con la misma libre disposición y oportunidad que la gente entre ellos.

Porque cabe recordar que uno va a la feria (a la fiesta, digo) no sólo a comprar y vender sino a festejar. Aunque muchos no puedan recordar qué.

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