CONTRATAPA

Flauta mágica

 Por Noé Jitrik

Un lugar común clasificatorio sitúa a Mozart en la casilla denominada “música clásica”, entendiéndose por tal cosa la música de escuela, canónica, producida hasta finales del siglo XIX. ¿A qué se opone esta ubicación? ¿A la música popular? ¿Acaso no tomaron motivos populares muchos grandes de la llamada “clásica”? ¿A la música moderna? ¿A la música de vanguardia? Me resulta tan difícil creerlo que me pregunto si es necesaria y justa esa colocación, si son inteligentes esas oposiciones.

Mozart, ya se sabe y es una experiencia repetida, fue un innovador y en su obra están replegados conceptos musicales que se desarrollan y florecen después. Por esa razón, ni siquiera los vanguardistas más radicales lo recluirían en la cárcel de los retrógrados, tradicionalistas, reaccionarios, escolásticos, calificativos todos que se suelen aplicar con liviandad, y hasta brutalmente, a la música llamada clásica. No lo pueden hacer simplemente porque su potencia creativa fue tan asombrosa, incluso para sus contemporáneos, que toda resistencia se abate: además de ser su obra entera un jardín de delicias, es una proliferación de ideas que alimentaron gran parte de la música posterior, ni qué hablar de la romántica.

Por esa razón, nada más justo que los homenajes que se le rindieron en 2006 a los doscientos cincuenta años –¡casi nada!– de su nacimiento. Esa cantidad de años no es un dato trivial: habla de una entropía que sería, en términos sencillos, el seguir diciendo de una obra más allá del tiempo y de las innumerables generaciones. También se lo rememoró a los doscientos de su muerte. Cualquier fecha era buena para recordarlo, pero hay una diferencia: a su muerte ya había entregado una obra prodigiosa; después de nacer tardó un poco, unos cuatro o cinco años, para iniciar lo que llegaría a ser esa obra prodigiosa.

En todas las rememoraciones se señala, como al pasar, que algunas de sus obras, sobre todo finales, fueron concebidas y realizadas al amparo ideológico y filosófico de la masonería. Eso es cierto, sobre todo en lo que concierne a La flauta mágica, que es como una culminación y cuyo estreno se produce muy poco antes de su muerte (¿misteriosa?), pero no por ello se enfatiza mucho su pertenencia a una logia y a un rito, causas que habría abrazado con tanto entusiasmo como para llegar a asomarse a lugares prominentes en la jerarquía tan peculiar de una orden masónica y haber sido objeto de invitaciones a componer algunas de sus obras más perdurables, marcadas por esa asociación.

Ese dato tiene peso y el que se lo soslaye o se lo anecdotice muestra dos cosas: por un lado que Mozart es ineliminable desde donde se lo quiera ver y, por el otro, que más vale no hablar de lo que pudo ser una sensibilidad política e ideológica tan nerviosa como su música y que lo llevó a una toma de conciencia semejante a la que se registra en los espíritus más esclarecidos de su época.

En la actualidad, desde luego, la masonería parece estar fuera de moda, pero, porque sigue siendo una sociedad secreta o semisecreta o nada secreta, no podría afirmarse que no gravite para nada sobre la vida social del modo en que lo hizo en otro tiempo, no se puede saber. Es posible que la masonería haya cambiado de carácter y que no guíe ahora en sus melancólicas reuniones una perspectiva de poder como la que hizo antaño que muchos de sus adherentes llegaran a las más altas posiciones de gobierno en todas partes del mundo, en particular en este país, pero no se puede decir por eso que haya renunciado a su finalidad y su proyecto original, la libertad del hombre ante todo.

Hay ahí una historia compleja y apasionante y seguramente muchas investigaciones sobre lo que fue, lo que quiso ser y lo que es, así como las persecuciones de que fue objeto, con acusaciones tan absurdas como la hechicería, el agnosticismo y otros delirios inquisitoriales. Para el funesto Franco, grotesco caudillo de una sombría España, la masonería fue, como encarnación del demonio, un enemigo jurado, al que había que matar. Dato curioso: para mostrar las aberraciones de ese movimiento hizo construir un museo en la ciudad de Salamanca, con tal ironía del destino que ese museo, que sobrevivió felizmente al franquismo, exhibe todo lo que el franquismo supuso que la masonería era: se ven ahí símbolos y cartas, fotos y recuerdos que permiten al visitante entender exactamente lo contrario de lo que se intentó denigrar. Lo que se quería que fuera repugnante amenaza devino gloriosa certidumbre.

Pero estoy mencionando el fenómeno Mozart, que si bien evoca, pero de paso, ese apasionante tema del pasado y el presente de una sociedad secreta que no sacrificaba niños ni intentaba convertir plomo en oro, es también muchas otras cosas. Y tal fenómeno reside en su inexhaustividad: para quien tenga los oídos abiertos, cada día hay una composición nueva, cada día hay una revelación, de lo encantador de la escucha a la profundidad de lo que se percibe.

Experiencias que con los homenajes se renuevan y hacen volver, como es lo que desencadena estas anotaciones, por ejemplo a ese privilegio que se titula La flauta mágica, que vuelve a presentarse en el Colón, articulado por la sutileza y la devoción de Sergio Renán, y que pudo ser escuchado, por primera vez en la historia de este país, en un templo masón de la ciudad de Buenos Aires en una noche de primavera.

De al menos tres cosas se podía hablar después de esa ejecución y acaso se pueda volver a hacerlo de la que regresa estos días: el hecho del lugar, o sea la masonería –el Colón tiene otra resonancia–, el hecho de las puestas e interpretaciones –un virtuosismo de dirección, de precisión, de virtudes vocálicas en el templo, se supone que igualmente en el Colón– y el hecho de la ópera misma como texto, como un objeto que se introduce –se introdujo– en el espíritu y obliga a pensarlo, como música –para lo cual no estoy habilitado–, como emoción admirativa –para lo cual se dispone de todas las exclamaciones– y como significación posible, la que siempre se persigue en toda obra mayor.

Como puesta, aquélla, nada más austero, de acuerdo con el espíritu de la casa; como interpretación, lo mejor del mundo en una partitura compleja y difícil y en la que las partes vocales, la orquesta y el coro, de pronto todos juntos, producían un efecto de temblor, de cataclismo, controlado sabiamente por Pedro Ignacio Calderón, el director. ¡Qué decir sobre las voces, tenor, barítono, bajo, contralto, sopranos! Miré a la contralto con atención y vi que en la base de su garganta algo temblaba cuando emitía sus modulaciones; el sonido de la flauta explicaba, más que su origen, lo mágico de su designación; el juego de la celesta que simulaba salir de la figura de Papageno tocando el caramillo mostraba que no había en la inclusión del rústico ningún símbolo del mal o de la noche; el diálogo burlesco y tartamudo entre Papageno y Papagena irradiaba un humor que la música raramente pudo y puede transmitir.

En cuanto a un presunto significado, desde luego que el dato de la masonería favorece determinadas interpretaciones; de este modo, a un argumento en realidad atrabiliario, o por lo menos ingenuo, y formulado según el patrón de la galantería del siglo XVIII, se diría que perfecto en Cosi fan tutte, también adecuado a un texto clásico, entre teológico y moral, como Don Giovanni, se le ha querido quitar ese carácter y ver en sus argucias símbolos nítidos, los propios del culto masón: luz contra oscuridad, sabiduría contra torpeza, amor contra cálculo y otras oposiciones de una dialéctica sumaria. No se equivocan, porque eso se puede hacer con casi todo texto, quienes así traducen las incidencias ligeras de un argumento a entidades elevadas, sagradas si se quiere. Pero, en lo que me concierne, esa lectura, inmediata y bienintencionada, me deja indiferente, no veo en ella la gracia que tiene ese artefacto increíble que es la obra concreta, tal como suena y se hace oír siendo el ver, propio igualmente pero en menor medida, de la ópera, infinitamente menos significativo.

Lo que quisiera ahora destacar es la presencia en la ópera de los personajes “rústicos”, siempre secundarios y, en otros términos, poco o nada nobles; éstos, en cambio, solían ser para la época los protagonistas principales, atravesados por altas cuestiones, conflictos, dramas y perplejidades filosóficas pesadísimas. Aquí, en cambio, el noble es, anticipándose al romanticismo, un héroe débil y si no está enfermo, como lo habría querido Heine, al menos es monotemático e irresoluto, lo que no impide que las arias en las que expresa sus deseos y su desconcierto sean bellísimas; correlativamente, el pajarero, cómico y divertido, al cual las grandes cuestiones le son ajenas, ocupa un lugar central y los sones que se le atribuyen son, para mi gusto, resplandecientes, de tal modo que si en su representación Papageno es un villano, gracias al sortilegio de la música gana enorme cantidad de puntos: transforma, o muestra una transformación posible de esa figura, es lo imprevisto, es el lugar de lo nuevo. Tal vez Papageno se ennoblezca por sus actitudes pero no lo pretende y, sin embargo, se agiganta, musicalmente desde luego.

Es algo para pensar. Mozart procede como lo hicieron por su lado Schiller y muchos otros escritores y artistas que, permeables a las ideas de la Ilustración –léase Revolución Francesa– quisieron representar simbólicamente el ingreso a la escena histórica de las clases sociales que habían estado a la sombra de la nobleza, sometidas y subyugadas por ellas, carentes de todo protagonismo. El protagonismo por vía de la transformación tiene una enorme importancia: relaciona lo que, haciendo interactuar lenguajes, se puede lograr en materia de presencia del arte en los conflictos sociales. Si eso es así, si esta lectura no es excesivamente reducida, esta reflexión puede ser la respuesta a una pregunta que legítimamente se puede hacer: Mozart simpatizó con la masonería, ingresó en ella, pero de qué modo el pensamiento masón ingresó en su poética, o sea en la materialidad misma de su música, acerca de cuya prodigalidad, diversificación y genialidad se diría que ya no tenemos dudas. En la presencia y transfiguración de un personaje bufo, secundario, hallamos, quizás, esa respuesta.

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