“Este libro es verdad”, dijo Osvaldo Príncipi y apoyó la palma de una de sus manos sobre la más completa historia acerca de los inicios del catch en la Argentina, escrita por el periodista, narrador y conductor radial Daniel Roncoli. La sentencia del presentador de Un ladrido de perro a la luna no pasó desapercibida para los que asistieron a la charla, una tarde de este mes, en ese templo de las maravillas conocido como el Club del Cómic de la calle Montevideo.

Los aplausos fueron para Roncoli, claro, por su apabullante investigación: mucho de recreación histórica y de relectura de documentos, de entrevistas a testigos, de charlas con protagonistas, de rastreo de publicaciones y, desde ya, mucha literatura. Pero al mismo tiempo que aplaudían al autor, los asistentes aprobaban el uso de la palabra verdad, tan cara a este Arte de Combate atenazado desde sus inicios a la Lucha Libre y Grecorromana como hecho deportivo. Lo que demuestra Roncoli en su libro, su tesis, es que ya desde sus orígenes en el catch latió fuerte el corazón del espectáculo, eso que él llama como una “ficción deportiva”: mucho de teatralidad y asombro circense, y de las metáforas exageradas de supervivencia y del poder. Porque en el catch, esa “suma de espectáculos” (Barthes dixit) cuando se habla de verdad se está hablando de creer.

Y los creyentes –¿qué otra cosa es un admirador del catch?– que aplaudían en el local de Toni Torres como el Titán Nakazone de Titanes en el Ring, el Profesor Rolando Cornadis de 100% Lucha, y especialistas en la materia como Rafael Daloi y Mariano Buscaglia, festejaban las mil y una historias que Roncoli recuperó en su libro para trazar a lo largo de 60 años, es decir, desde 1903 a 1962 (cuando el catch llegó a la cima de su popularidad nacional con Martín Karadagián en la pantalla de TV) una suerte de enciclopedia de hombres forzudos con vidas fantásticas que dejaron huella en aquellos primeros años del siglo pasado, cuando el catch era un espectáculo para adultos y los combates imposibles de olvidar por su violencia.

“Reproducir la cosmogonía del catch y la sociedad argentina de aquel tiempo, es un desafío cautivante que precisa de la imaginación”, avisa Roncoli, y precisamente esa verdad imaginada es la que habita en su libro que va desde la Lucha Libre y Grecorromana a la denominación inglesa de Catch As Catch Can (agarra lo que puedas), pasando por la versión porteña del Cachascán hasta llegar al onomatopéyico Catch. Este trabajo ofrece, sobre todo, una mirada antropológica acerca de la inmigración argentina y, en detalle, sobre los márgenes de esa inmigración: la vida de marineros trotamundos, de los buscavidas sin escrúpulos, de los boxeadores cansados, de los polizones oportunistas, toda esa “gente de avería: ilusionistas, astros del radioteatro, creadores de fábulas, ególatras, pertinaces, devotos y hombres que atravesaron el infierno”, tal como enumera Roncoli en la contratapa.

Quienes se asomen a este libro de más de 300 páginas y con una buena cantidad de fotografías, descubrirá cómo a través de la lente del catch aparece, también, la historia de la ciudad de Buenos Aires: sus escenarios como el Teatro Casino y el Luna Park; los viejos hoteles sobre la Avenida de Mayo; los cabarets del centro como Marabú o Casanova y de la periferia como El Avión y Charleston; los refugios para inmigrantes, los bares y clubes deportivos, los locales de la calle Corrientes, y, sobre todo, el misterio de los barrios porteños.

“Al pasar en limpio el material de entrevistas advertí que el catch ofrecía una gran pintura de época. De inmediato, por el carácter porteño que tuvo, entendí que era una acuarela en sepia, la de un Buenos Aires más cándido, muy diferente, casi inasible. Esta es la historia, también de atmósferas, costumbres, movimientos sociales e infinitos cruces cosmopolitas. También hubo un sabor local en la manera de abordarlo. Me refiero al ‘catch a la argentina’ porque pese a su fuerte tradición europea está lleno de matices, guiños y rasgos de personalidad muy característicos del ser nacional”, acota Roncoli, autor, entre otros libros, de recordado El Gran Martín: vida y obra de Karadagián y sus Titanes.

EL VISIONARIO SUIZO

En la historia del catch en Argentina hay una fecha inolvidable: 21 de marzo de 1903. Fue cuando el empresario suizo Charles Seguín (amante y difusor del tango) “excéntrico, millonario, accionista de varias decenas de empresas en la Argentina, y titular de la SAT, la pomposa South American Tour”, organizó en el hoy desaparecido Teatro Casino (Maipú al 300) el primer espectáculo comercial de Lucha Libre y Grecorromana. Según cuenta Roncoli aquello ocurrió por un golpe de suerte. Mientras el suizo buscaba espectáculos nuevos, le dijeron que había llegado a Buenos Aires un forzudo italiano de nombre Uomo Montagna. El suizo lo entrevistó, lo contrató y lo hizo combatir contra una serie de postulantes amateurs. Todos los desafiantes besaron la lona: obreros de matarifes, changarines de barrios lejanos, empleados de fábricas, organilleros, boxeadores aficionados, triunfadores de pulseadas, y otra serie de trabajadores nocturnos. Al advertir que aquellos combates entre profesionales de la lucha y amateurs eran una atracción, sospechó que si las luchas se hacían sólo entre profesionales “redundarían en contenidos más espectaculares y brindaría una suerte de enseñanza, por emulación, que sentaría jurisprudencia a la hora de subir al escenario a gente sin preparación específica para ese deporte”. Para Roncoli si el suizo no se hubiese arriesgado como promotor “es probable que nada de lo que pasó hubiese acontecido. Para Seguín la lucha no constituía un interés en sí mismo, ni un fin, pero al considerarla parte de espectáculos que él producía le dio un relieve extraordinario”.

El dominante Paul Pons y el Tanque Michael Hitzler cabeza abajo

EL TANQUE GERMANO

El debut en tierras argentinas de Michael Hitzler, alias, el Tanque Germano sucedió el 11 de diciembre de 1903. Luchó frente a su compatriota Jacobus Koch, a quien derrotó no sin esfuerzos en el Teatro Casino. Debido al éxito del combate, Seguín lo convenció de quedarse y en 1904 por el Teatro Casino desfilaron 153 contendientes profesionales. Además, se ofrecía el pago de un peso por minuto al desafiante amateur que pudiera permanecer en pie frente al Tanque. El alemán soportó todo tipo de lucha y hasta fue golpeado con sillas. Como curiosidad, entre aquellos luchadores profesionales se encontraba el genovés Giovanni Mario Luigi Zavattaro, conocido en el mundo del dibujo y la ilustración argentina como Milo, tal como lo llamaban amigos como Florencio Sánchez o Evaristo Carriego. El italiano fue el dibujante que entre los años 1937 y 1939 realizó para la empresa Alpargatas (habían vencido los contratos de Molina Campos) los almanaques con sus hoy 36 famosas acuarelas basadas en el Martín Fierro. “Sorprendía ver cómo surgían de sus manos carnosas de robusto luchador del Teatro Casino delicados dibujos de una factura admirable”, dijo alguna vez Ramón Columba. Cuando se le preguntó a Zavattaro qué le gustaba más, si dibujar o luchar, el gigante no dudó: “Luchar, porque luchando, se escuchan los aplausos”. Volviendo a la importancia de Hitzler en la historia del catch argentino, el autor de Un ladrido de perros a la luna explica: “Fue el primer patrón de troupe en el país, muy a su pesar. Llegó para una demostración y fue contratado por varios meses, obligado a armar un grupo de atletas que lo acompañaran para cumplir con las exigencias de un Torneo de cientos de desafíos".

LA MISIÓN INGLESA

Con el propósito de ofrecer servicios religiosos a los marineros británicos, se creó en 1856 la sociedad misionera The Mission to Seamen. En Argentina comenzó a funcionar en 1907. Estaba ubicada en el barrio de San Telmo, muy cerca del puerto. Explica Roncoli: “Sitio mitológico, atravesado por la leyenda, la clandestinidad y el sentido escolástico de los marineros deportistas de diferentes banderas que fueron musa de un grupo de muchachos de San Telmo y su periferia que se convirtieron en la flor y nata del catch a la argentina”. La Misión alojó y cobijó “gran cantidad de marinos que eran idóneos en esas disciplinas y transmitían sus conocimientos trenzándose con los aspirantes criollos. Para tomar un exponente de cada actividad, Gatica y Karadagián aprendieron ahí”. Entre las historias de aquella sociedad (La Misión de los Marinos Ingleses u Hogar Stella Maris, para los vecinos) figura la del chico Héctor Oscar Brea que a los once años conoció los salones de la Misión y quedó admirado de la magia de los combates. Años después, cuando el chico decide convertirse en un luchador se entrevistó con Tobías Giordano, uno de los míticos creadores de Titanes, y se produjo un diálogo que Roncoli reconstruye así:

“–Como nombre me gusta William, vos tenés aspecto de William… Das bien inglesito. O canadiense. Pero no te podés llamar William Brea… ¿Cómo es que vos gritás ahí en La Misión Inglesa?

–Yo los abucheo, les hago ‘Buuu, buuu’.

–Ya está, me gusta. Te vas a llamar William Boo”. Y muchos después se convirtió en el famoso árbitro de los Titanes de Karadagian.

EL PALACIO

Con el Palacio de los Deportes se inicia la etapa de los abuelos de Titanes en el Ring. Un año antes de su inauguración en 1932, la empresa Luna Park –de Ismael Pace y José Lectoure– tenía como escenario alternativo para el catch al Teatro Nuevo, ubicado en Corrientes 1530, donde hoy está el ingreso al Complejo del Teatro General San Martín. Fue el primero que incorporó el término Catch As Catch Can en Argentina y se convirtió en la oposición del Teatro Casino donde el suizo Seguín organizaba el Torneo de Buenos Aires de Lucha Libre y Grecorromana, llamado luego como Sudamericano. Los partidarios del Casino hablan de competencia deportiva y calificaban de show la propuesta del Teatro Nuevo. Sostiene Roncoli: “El Luna Park fue el templo del catch y la actividad un gran apalancamiento para el negocio del boxeo, suministrándole tres noches de lleno a la semana de por sí taquillera del Palacio de los Deportes, con sus miércoles y sábados de pugilismo. La simbiosis fue total y se realimentaron hasta la leyenda. La lucha contuvo como ninguna otra actividad a la sociedad emblemática del estadio: el espíritu deportivo de Pepe Lectoure; la vocación circense y del mundo del espectáculo de Ismael Pace”. Ligado a la historia del Luna Park no puede dejar de mencionarse el nombre del luchador austríaco Henry Irslinger, campeón en Europa y Norteamérica, y un especialista para detectar nuevos lugares. Fue quien introdujo al cuadrilátero como escenario del catch mientras que “los grupos antecesores trabajaban sobre colchonetas”. Dice nuestro autor: "Pateó el tablero liberándose de prejuicios, llamando a las cosas por su nombre, y dejando atrás esa idea de lucha libre y grecorromana para un espectáculo que ya era catch. En esa transmutación semántica corrió también algunos límites, incorporando mayor sentido dramático y más belleza estética a la actividad”.

ROCA VS. SUPERMAN

Antonino Pío Biasetton nació en Italia en 1921 y con 16 años desembarcó en Rosario, donde fue rugbier en el Club Atlético del Rosario. El Hombre Montaña fue quien lo presentó ante Pepe Lectoure.

“–¿Cómo me dijo que era el pibe cuando le pegaba?

–Joputa, ser una roca”.

Ahí mismo lo llamaron Antonio y lo hicieron rosarino. Gracias a los consejos del Conde polaco Karol Nowina, el falso argentino empezó a utilizar las piernas como arma. Cuenta Roncoli: “Comenzó a disputar los combates con sus pies descalzos y dada su gran elongación usaba las plantas como otra mano, para pegar oportunos golpes desde la posición de parado. No era un arte marcial, no era capoeira, se trataba de una innovación que surgió de los entrenamientos con el polaco y sus atributos en otros deportes”. Fue campeón y alternó la cima con el Hombre Montaña. Un día de 1948 se fue a Estados Unidos donde su apellido se transformó en Rocca, y triunfó. Tan popular se hizo que “en el ejemplar 155 de Superman, de agosto de 1962, luchó contra un pulpo bajo el agua, arrojó al Hombre de Acero a través de las cuerdas durante un combate. En la portada, Roca está en el ring cuando Superman es expulsado del cuadrilátero, mientras un hombre de la multitud dice: “¡Guau! Ese luchador, Rocca, ha arrojado a Superman a través de las cuerdas. ¡Este es el mayor trastorno deportivo de la historia!”. Agrega Roncoli: “Produjo una conmoción por ser el primer adonis, antes de la consagración de los gimnasios y los complementos químicos, con un físico que puede considerarse moderno. De inmediato, presentó un estilo en el que prevalecían sus piernas y que le permitió triunfar no solo en Argentino sino en ser el amo del sold out en la gran arena del Madison Square Garden”.

EL ROMPEHUESOS

Wladek Zbyszko debutó en 1934 contra su sobrino el conde Karol Nowina y fue apodado Rompehuesos. “Mientras que Nowina, la estrella de la troupe, era un estilista, Wladek constituía su más perfecta antítesis”. Ilustra el autor: “El Rompehuesos Zbyszko fue la primera inspiración mimética del personaje que elevara a mito a Martín Karadagián. Era un duro a la usanza de su hermano pero con un condimento imprescindible para defender el argumento asimétrico de cualquier show de catch: su sentido de la impunidad. En su dramaturgia corporal Rompehuesos no respetaba ni al reglamento, ni al encargado de hacerlo cumplir, ni a su rival, ni al público”. La pelea con el poderoso polaco “se prolongó sesenta y cuatro minutos” y aseguran fue “una ponencia enciclopédica de todo cuanto se vería después”. Relata Roncoli en su libro: “En un puñado de minutos, Karol Nowina pasó de ofrecer sus atributos a ser sometido a un castigo impiadoso. En el centro del enfrentamiento, cada uno con sus armas, fue tomando la iniciativa y cediéndola hasta que Zbyszko furioso comenzó a irse de las normas hasta levantar a todo el estadio en su contra. En ese éxtasis, en medio de las más impensadas reacciones de un público ofendido y participante, Rompehuesos provocó el desahogo yéndose hacia los vestuarios enfrascado en una pelea con segundos, organizadores y espectadores”. Aquel combate llamó la atención de los diarios quienes desde entonces empezaron a difundir el catch en la sección boxeo. “Fue el primer gran villano de la Era del Luna Park y uno de los iniciadores del cachacascán a la argentina por su rápida adaptación y por enseñarle, junto a su hermano Stanislaus, a Martín Karadagián cómo era el negocio”.

EL CONDE POLACO

El conde Karol Nowina nació en Cracovia, Polonia, en 1904. Se explica en el libro: “Cuando el Luna Park tomó la decisión de incorporar al catch como atracción, Pepe Lectoure e Ismael Pace estaban desvelados por hallar figuras que, como había acontecido con Justo Suárez en la etapa previa al advenimiento del estadio, garantizaran réditos importantes en las boleterías. Espectáculos artísticos de otro cariz, complementaban el menú en esa necesidad de armar una grilla consistente de lunes a lunes. El propietario del Madison Square Garden, Frank Bruen, que había participado tangencialmente –apenas, fue testigo- en la contratación de la troupe de Henry Irslinger en 1931 por parte del binomio Lectoure-Pace, tuvo una incidencia directa en la presentación de Karol Nowina como referencia estelar del show que podría satisfacer las demandas de la empresa. La coartada para convencer a los argentinos fue un detalle de la biografía del luchador polaco.

–Nowina había sido elegido por la Metro Golden Mayer para protagonizar a Tarzán. En el casting había superado ampliamente a Johnny Weissmüller –explicó Bruen.

–¿Y por qué no fue Tarzán, entonces? –preguntó Lectoure.

–Pensó que iba a ganar más como luchador. No tenía una dimensión de lo que podía llegar a trascender a través del cine y su impacto a nivel mundial –lo justificó el norteamericano.

Algo de eso había sucedido. Nowina, quien se decía noble, había encontrado en Estados Unidos dos trabajos simultáneos: obtenía buenos contratos como luchador y era requerido por artistas plásticos como musa para esculturas, pinturas y catálogos de fotografía, en las que posaba casi desnudo”. Comenta Roncoli: “Pese a haber cedido el protagónico a Jhonny Weissmuller, Nowina no se arrepintió, vivió muy bien del catch y se dio el lujo de viajar de un continente al otro con dos de sus atributos: enfriar el ring y calentar las alcobas. Era un sibarita y fue el primer patrón de troupe del Luna Park, vivió en Buenos Aires y se casó con una argentina”.

EL PRIMER IDOLO ARGENTINO

Un caluroso enero de 1934, el gran campeón polaco Stanislaus Zbyszko llegó a un bar cercano al Luna Park para encontrase con Pepe Lectoure. Llevaba bajo el brazo una revista. Así describe el minucioso Roncoli aquel encuentro: “Prácticamente sin saludarlo, tiró con fuerza la revista sobre la mesa del bar. ‘¡Este ser! ¡Este ser!’, elevó la voz con su clásica acentuación polaca. Lectoure, comprendió. Y lo invitó a sentarse. El legendario luchador había visto en la tapa de El Gráfico –en su edición 758, del 20 de marzo de 1934– a un atleta de físico esculpido, pintón y joven. De modo compulsivo compró el ejemplar. ‘Es necesario tener uno, dos, tres luchadores de aquí para que el espectáculo ser exitoso’, sostenía la simple teoría de que un valor local elevaría el interés del público y la prensa. Lectoure y Pace habían tomado en cuenta el comentario y se pusieron a pensar en boxeadores retirados o en baja. Stan Zbyszko se había anticipado en el casting: ‘Traiga este’”. Se trataba del pesista Alfredo Legarreta, de 24 años. El argentino aceptó el desafío pero alegó que era maestro de grado y que no le parecía exponerse a una actividad como el catch. “¿Y cuál ser el problema? Usted no sabe que haber luchadores enmascarados”, dijo el luchador polaco. Máscara Roja fue campeón y héroe, imbatible y amado por el público que lo seguía y hacía conjeturas sobre su identidad: “Que era un político que no deseaba que lo reconocieran; que era un noble que debía mantenerse anónimo para no perder la herencia familiar; que era un monstruo de cara quemada y sentía pudor de exhibirse; que era un famoso artista con una doble vida: fueron algunas de las cosas que la gente comentó hasta que el domingo 2 de marzo de 1935 aceptó el reto de Rompehuesos Zbyszko”, narra Roncoli y agrega que esa noche “conmovió al Luna Park”. Por primera vez en su historia el villano, en una verdadera master class, puso freno a la marcha inmaculada del competidor de rostro cubierto y como en un ritual se quedó con la capucha como trofeo. Máscara Roja se impuso en el primer asalto y cedió en el segundo, ante un rival que se movía en el filo del reglamento, Siempre contundente y despiadado, fue impune en el tercero para pulverizar las aspiraciones del enigmático personaje, al borde de caer ya por sí solo, exhausto, ante el vigoroso oponente”.

Portada del libro de Roncoli, editado por Al Arco

> La historia detrás del libro

UN ENCUENTRO  CASUAL

“La investigación, casi sin saberlo, se inició ni bien terminé la secundaria”, cuenta Roncoli, autor también del ya clásico El Gran Martín: Vida y obra de Karadagián. “Fue en la Asociación Argentina de Actores donde conocí de modo casual a Eduardo Bargach, que había sido catcher bajo el seudónimo de Alí Bargach. Su papá había nacido en Homs y él había llevado el rol de luchador sirio con mucho suceso. Estaba preguntando para ver cómo se liquidaba un elenco teatral en cooperativa y nos pusimos a charlar ya que su apellido me sonaba remotamente. Me contó quién era y me hizo una demostración de destreza física haciendo bailar sus pectorales: un yeite que usaba cuando entraba al ring. Me resonaron algunas cosas que me dijo y al tiempo lo volví a ver. Las anécdotas y las historias de vida que me contó me conmovieron y los encuentros se hicieron asiduos. Un día me pasó su agenda y me fui juntando con sus compañeros más cercanos, y estos me conectaron a otros y me enfoqué en tratar de reconstruir la historia de Titanes en el Ring y Martín Karadagián”. En 2012 me pidieron la biografía del armenio y la historia de su gran creación y cuando me puse a escribir, me di cuenta que al lado, se apilaban papeles en otra mesa con todo lo que iba descartando que era la prehistoria del ciclo televisivo y de allí nació este libro”. Gracias a Ediciones al Arco el nuevo libro de Roncoli se suma a los títulos imprescindibles de la literatura del catch como, por ejemplo, los recordados Tomas, tijeras y cortitos: historia del catch de Pablo Gorlero y El Gran Gattoni de Claudio Peroni, entre tantos otros. “¿Dificultades de investigación? Surgieron miles, aunque tuve la inquietud personal de charlar mucho con los contemporáneos de Bargach en un momento justo. Más tarde hubiese sido imposible porque esa camada había nacido en la década del 20. Lo curioso es que el último dato que incluí en el libro, casi sobre el cierre de su edición, fue sobre el luchador búlgaro Cristio Daneff, que resultó que era el que tenía más a mano. Su familia vivió toda la vida a diez cuadras de mi casa en Cañuelas y jamás había relacionado que aquel atleta, dueño de algunas anécdotas exquisitas, había vivido y fallecido en mi pueblo”.

Daniel Roncoli, autor de Un ladrido de perros a la luna

Un ladrido de perros a la luna se consigue en la tienda virtual de Ediciones al Arco, o sino en El Club del Comic (Montevideo 255) y en La Coop (Bulnes 640).