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Martes, 15 de noviembre de 2016
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Exposición de Fernando Fazzolari en la Barraca Vorticista

Cuando el secreto no es una metáfora

El artista, que luego de más de veinte años de una carrera notoria eligió un camino secreto, presenta ahora una exposición de montaje complejo, basada en la acumulación y superposición de retratos imaginarios.

Por Fabián Lebenglik
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Vista de la exposición de Fernando Fazzolari (FF) en la Barraca Vorticista.

Fernando Fazzolari (Buenos Aires, 1949) comenzó a exhibir sus trabajos en los años setenta. Durante los ochenta y noventa, su obra logró notoriedad a través de un circuito expositivo que incluyó galerías de arte –especialmente la de Álvaro Castagnino–, centros culturales, ferias internacionales, fundaciones, museos de la Argentina y de países vecinos –por ejemplo, el de Arte Americano de Maldonado, Uruguay, en 1990 y el de Arte Contemporáneo de Santiago, Chile, en 1993– y culminó con una exposición retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) porteño en 2002.

Poco después el artista decidió bajarse de la notoriedad y ralentar las exposiciones (hubo períodos en que había presentado tres por año); realizando obra cotidianamente y a muy buen ritmo, pero sin la ansiedad tan propia de estos tiempos. Eligió dar un paso al costado, y moverse al margen de los espacios más mundanos de las artes visuales, para presentar su trabajo en las mejores condiciones posibles, aunque sin presiones. Decidió ser un artista secreto.

De modo que eligió, por ejemplo, la Barraca Vorticista de Fernando García Delgado, en Estados Unidos casi esquina Virrey Cevallos, San Telmo.

El lugar es secreto sin metáforas: no tiene placa identificatoria de la dirección (el número ausente es el 1614), no tiene timbre, tampoco tiene teléfono, y luego de traspasar el portón verde de entrada, la señal de datos del celular disminuye hasta casi desaparecer. Por lo tanto, como si fuera un sano requisito, la muestra, que lleva el título SHIHIT, puede verse sin interferencias de ninguna clase.

Fazzolari señala su empatía con la frase de Norberto Gómez publicada en el catálogo de la exposición que el escultor presenta en estos días en el MNBA: “Nosotros acá crecemos en macetas, bastante bien dentro de todo, pero en macetas. Si nos plantaran en la tierra, sería insospechado adónde llegaríamos. Eso es lo que pasa en el primer mundo, que no crecen en macetas”.

El artista logró transformar completamente el espacio gracias a un complejo y riguroso montaje, como puede verse en las fotografías. Lo que aparece es una larga serie de retratos imaginarios sobre acetato, sucesivos y superpuestos, en cinco hileras, sobre tres de las cuatro paredes. Una mesada con libros y, en la entrada, a la izquierda, un pequeño sector que reproduce de manera anacrónica el rincón de un artista que remite con ternura el gabinete artístico según el imaginario anacrónico y popular más extendido. Al fondo de la sala, en una caja de acrílico, hay una enorme colección de papelitos donde está contenida, en pequeña escala, la totalidad de la exposición. Un modelo que parece citar al Duchamp que, en clave condensada, contenía exposiciones completas en una valija.

El retrato constituye un territorio artístico básico, que en su vertiente imaginaria oficia de gesto primigenio en esta muestra. Como si el rostro fuera un mapa de lo más cercano, lo más preciado, aquello que hay que cuidar. Un conjunto que por superposición y yuxtaposición, se entrevera, se contamina, proyectando sombras de unos a otros. Pero el conjunto funciona de tal manera que articula y complementa lo colectivo con lo individual.

La exposición constituye un perfecto ejercicio de instalación de sitio específico de gran complejidad, en donde el artista utiliza gran variedad de materiales.

Lo que sigue es la parte sustancial de una entrevista con Fernando Fazzolari.

–El lugar que eligió para la muestra supone una estética y una actitud para un contexto específico.

–La Barraca Vorticista de Fernando García Delgado es un espacio para que uno pueda reencontrarse con la propia obra, tan de claustro, sobre todo para alguien que por ahora viene eligiendo el claustro para sí y para su obra. La marginalidad tiene su precio; la posibilidad del retiro en la creación: una fortuna.

–¿Cómo surgió esta exposición?

–De pronto, como una suerte de pequeña caja de Pandora, fue emergiendo un trabajo que si uno quisiera ponerle alguna razón sería algo así así como enciclopédico, tal vez una forma de lo ciclópeo.

–Hay un trabajo prolífico, en múltiples soportes y en pequeñas piezas que funcionan por acumulación.

–Pequeños esquicios, bocetos, notas al margen, todos argumentados desde el dibujo en diferentes instantes, germinan bajo diferentes tecnologías –esas prótesis del hombre–, en obras de carácter infinito y universal, cosa de la que se da cuenta en los créditos de la muestra.

Desde plumas de carancho pampa, “avestruzadas”, el sinnúmero de plumas de diferentes marcas y modelos, muchas objeto de museo casi, maridadas con los instrumentos de la web, lo virtual y diferentes aplicaciones de la “cibercosa” dieron lugar a esto que se llamó SHIHIT.

–¿A qué se debe ese nombre?

–Los rostros de ellos son los “hi”, los cuerpos de ellas, las “shi” y la cosa lo “it”. Ese fue el camino.

–También, entre otros anacronismos, usó modelo vivo.

–Titania Tagliani y Suray Annys, modelos maravillosas, que acompañaron las obras que se presentan, en forma recoleta, íntima, en seis de los tomos de los quince que aloja la muestra. No así las pequeñas pinturas, ese recurso de otro tiempo.

–Hay un notorio juego de superposiciones y sombras en los rostros dibujados sobre acetatos.

–La obra en sus blancos y negros, la transcripción en los acetatos y las múltiples sombras de la luz sobre lo dibujado y sobre los huecos de la pared hace que se reproduzcan infinitamente los rostros de anónimos de esa manifestación estática e interrogante. El fantasma. Los cuerpos femeninos en espejo, los rostros de los hombres velados por papeles que con el tiempo darán cuenta de una nueva manera de verlos o saber de sus vidas, un tomo colorido con referencia a algo de lo expuesto y a otros “pentimentos” y un libro rojo para un final calmo y espiable.

–¿Qué función cumplen los libros artesanales repletos de dibujos?

–Me sedujo la posibilidad de que el visitante se tome el tiempo y se siente a hojear, además de mirar esa instancia de la velocidad de la web que se trasladó a las artes visuales. “Ya lo vi, esto fue”. Y milagrosamente sucede. Una bibliomuestra.

* En la Barraca Vorticista, Estados Unidos 1614, hasta el 28 de noviembre.

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