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Viernes, 15 de mayo de 2015

TV

El hábito te hace monje

Nada nuevo en Esperanza mía, la novela de Pol-ka sobre un amor de convento. Un guión sin sorpresas, hecho y derecho para defender las sanas costumbres.

 Por Facundo Saxe

Se vienen las monjas. En la nueva telenovela de Pol-ka (Esperanza mía, por canal 13, con Mariano Martínez y Lali Espósito) las protagonistas son monjas (y algunos curas). No es nada muy original, hay mucha historia entre monjas y telenovelas. En ésta además cantan. Después del primer capítulo uno se pregunta cómo van a seguir si apenas comienza y ya copiaron escena a escena muchas de las situaciones de la comedia Cambio de hábito (la de 1992, con Whoopi Goldberg) pero en versión conservadora y defensora de las buenas costumbres. Las monjas de Esperanza mía son buenas y normales, no vaya a pensar algún espectador que las monjas tienen sexo o se calientan.

Dejemos de lado la modulación al hablar de Lali Espósito o lo inverosímil de que Mariano Martínez tenga veintipico y sea cura y bueno y noble y con guitarrita y todo. La historia es la misma que en Cambio de hábito: ella escapa y se refugia en un convento y por ahí anda dando vueltas el curita del que se va a enamorar. El curita con el que todas las monjas arden, pero de una forma tremendamente pura, como corresponde a una telenovela santa y virga. Las monjas están sólo para mostrar que son diferentes a las chicas malas que juegan al pool, toman cerveza (algo malo, muy malo) y sólo pueden ser defendidas por el cura varoncito, noble, bueno y proveedor. Todo con canciones a lo Cris Morena pero con una veta místico-religiosa que nos hace acordar a las canciones de misa. O con alguna canción de Axel de fondo, que es algo parecido. Porque éste es un programa que es “un nexo entre tu corazón y el señor”, un producto televisivo pro-vida en el que ya se ve venir el mensaje en contra de la despenalización del aborto.

Pero no es todo tan terrible, están Carola Reyna, Rita Cortese y Karina K, que son maravillosas, pero no pueden hacer demasiado con un guión que se cae a pedazos. Tampoco se ven monjas tortas o curas putos. Se los borra en un mundo donde las monjas y curas son todos buenos y es injusto que les quieran sacar los subsidios o ayudas económicas (lo peor es que no es un chiste). ¿Dónde están las monjas zarpadísimas de Almodóvar en Entre tinieblas? (¡cómo se extraña una monja como Sor Perdida!). O yendo más cerca en el tiempo, la Sister Jude de Jessica Lange en American Horror Story: Asylum, una monja que podía decir cosas como “Yo siempre gano contra el varón patriarcal” y ser puta y tener látigos y muchas cosas que todas tenemos o queremos.

El marketing de derecha en el que viven estas monjas aburridas es la nada, ni siquiera son monjas lo suficientemente malas o fachas. Lo que importa es mostrar que las monjas sin varón no pueden estar, no vaya a ser que aparezca la monja torta que todas queremos ver.

Las monjas y los curas de Esperanza mía tienen un destinatario clarísimo. No es casualidad que cada vez que lo mencionan, se levantan. Todo en esta Esperanza está dirigido al Santo Padre del Vaticano que lo mira por TV.

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