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Domingo, 17 de abril de 2016

FAN › UN DIRECTOR DE TEATRO ELIGE SU PELICULA FAVORITA: MARTIN FLORES CARDENAS Y TOY STORY 3 DE LEE UNKRICH

EL FIN DE LA INFANCIA

 Por Martín Flores Cárdenas

No soy de esos adultos que esperan ansiosos los estrenos de Pixar para llevar a sus hijos, ahijados o sobrinos al cine. No los llevo ni llevé nunca. Tampoco soy de los que suelen ir a ver películas infantiles por iniciativa propia y se sientan con los lentes 3D a masticar pochoclos haciendo ruido sin culpa. Hijos no tengo. A mis sobrinos los disfruto únicamente cuando los veo en reuniones familiares. Y a mi ahijado ya casi no lo veo. Jamás lo saqué a pasear pero le hice buenos regalos en sus primeros años. Hoy, directamente no tengo vínculo con mi ahijado. Tampoco con su padre.

El niño con el que vi la película de la cual soy fan, no es mi ahijado. Tampoco mi sobrino. B es el hijo de un amigo y tiene seis años. Eran las cuatro y media de la tarde cuando, control remoto en mano, me proponía a encontrar una película que pudiera entretener al niño durante un par de horas. B estaba parado frente al televisor. Sin quitarle la vista a la pantalla, levantó un brazo y haciendo círculos en el aire con la manito me dijo que me fijara en los canales “de más arriba”.

–Seguí, seguí, seguí –me decía mientras yo cambiaba de canal sin mirar. Creo que él tampoco miraba. Que un adulto le obedeciera ya era suficiente entretenimiento para él. Era claro que estaba al tanto de mi incomodidad. Pero mi molestia le divertía.

Toy Story 3 estaba recién empezando en el canal seiscientos y pico.

–¿La viste? –me preguntó. Yo estaba seguro de haber visto la primera de la trilogía y tenía un vago recuerdo en imágenes de la segunda película de la saga. Como si la hubiera empezado a ver y me hubiera dormido en la mitad o aburrido y cambiado de canal. O quizá la había terminado de ver y olvidado enseguida pero estaba seguro de no haber visto aquella tercera parte.

–Esta es la última. Yo ya la vi –dijo rascándose el brazo y llevándose a la boca lo que fuera eso que se había desprendido de su piel–. Pero si querés la veo con vos de nuevo.

Era un departamento reciclado en el noveno piso de un edificio antiguo construido sobre la intersección de dos avenidas. Alrededor de una decena de colectivos pasaba por esa esquina. Cuando las ventanas quedaban abiertas durante la tarde una capa de hollín cubría la decoración minimalista del living y el piso tarugado. Tuve que cerrar la puerta-ventana que daba a la terraza para concentrarme en la película. Él no parecía tener tantos problemas de atención como yo. En el tiempo que tardé en silenciar el ambiente B no le sacó la vista al televisor. Me senté en el sillón, el niño acomodó su espalda contra un almohadón gris y nos dispusimos a mirar juntos la película.

–Está recién empezando –dijo B mirando la pantalla fijamente–. Al final vas a llorar, abrazó sus piernas flexionadas, blancas, llenas de picaduras de mosquito y apoyó el mentón sobre su rodilla derecha.

A los diez minutos la película ya me tenía atrapado. Me hizo recordar con mucho cariño a mis juguetes. Me había entretenido con ellos hasta una edad vergonzosa. Uno de mis juguetes favoritos era una réplica de la Renault Traffic, tuneada con autoadhesivos de todo tipo. Su puerta corrediza lateral se abría deslizándose hacia atrás tal cual la utilitaria original. También recuerdo con cariño al primo rubio ultra articulado de los Dukes de Hazzard al que le faltaba un brazo. Su cuerpo mutilado calzaba justo en el asiento de conductor de mi camioneta preferida. Creo que lo que me gustaba de estos dos juguetes en particular tenía que ver con el verosímil que construían. El Duke rubio tenía un corte de pelo setentoso, estaba vestido de camisa amarillo patito, jean azul y botas marrones. Su expresión era la de alguien a quien no le importaba nada en el mundo. La Traffic era gris, pero sus laterales estaban llenos de autoadhesivos y grafitis de colores pintados con fibrón. Recuerdo una tarde en la que mi papá intentó jugar conmigo. Me enojé cuando insistió en que le parecía buena idea que la camioneta hablara. Y no lo dejé jugar nunca más conmigo.

De pronto, B largó una carcajada que me puso de regreso en aquel presente. En la pantalla, Ken modelaba para Barbie los conjuntos más ridículos de su placard secreto. Nos reímos los dos. Juntos. De esa escena y de las siguientes. Hasta que llegó el final.

Después de vivir la aventura de sus vidas y estar a un pelo de morir incinerados, los juguetes de la película regresan a casa de Andy dispuestos a “jubilarse” en el ático. A Woody, en cambio, le espera aburrirse en la universidad. Pero el vaquero se las ingenia para conducir a Andy hacia la casa de la pequeña Bonnie, una vecina a quien le encantan los juguetes. Enseguida entendí por qué B se había emocionado y creído que yo, un grandulón de treinta años, podía llegar a conmoverme también. El golpe bajo final era infalible: ya en la casa de Bonnie, Andy le presenta a su vecina uno a uno cada muñeco. Descubre a Woody en el fondo de la caja y, aunque se muestra reticente a regalar su muñeco favorito, comprende que no hay mejor hogar para un juguete que el cuarto de un niño. Entonces, allí sentado en el pasto Andy juega con su vaquero preferido y sus amigos una última vez. Más tarde se despide de Bonnie y de los juguetes definitivamente, pone el auto en marcha y parte rumbo a la madurez.

Desde el piso y con lo ojos llenos de lágrimas, B se dio vuelta para ratificar su predicción.

–Te dije que ibas a llorar –me dijo al ver una lágrima, una sola, que brotó cuando sonreí sin ganas. Me contuve de sollozar lo más que pude. Pero enseguida me preguntó por qué “los grandes” llorábamos más que los chicos con esa película. Pensé en decirle que al despedirse de sus juguetes, Andy también se estaba despidiendo de su infancia, de su casa materna y probablemente de muchos otros amigos además de Woody y Buzz. Pensé en contarle de la amistad que me unía con su papá desde muy chico y de toda la mierda que habíamos atravesado juntos. Pensé… Pero si llegaba a abrir la boca en ese momento, iba a estallar en llanto. Entonces me quedé en silencio. B me palmeó la rodilla como quien consuela a alguien que exagera, como si fuera él el adulto. De pronto era confuso quién cuidaba a quién. Quién era el adulto y quién el niño.

Como los juguetes de la película me quedé mirando el auto de Andy alejarse por esa callecita suburbana, enumerando una a una las cosas que podía estar dejando atrás mientras el auto aceleraba.

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