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Sábado, 29 de mayo de 2010

HISTORIA DE LA MEDICINA

Cuando inocularse la viruela fue la moda más cool

La historia oficial dice que fue el médico inglés Edward Jenner quien en 1796 inventó la vacunación. Pero turcos, chinos y tribus centroafricanas tenían desde mucho antes prácticas de inmunización contra la viruela, aunque algo más riesgosas. Y hasta fueron una moda exótica en las altas aristocracias europeas.

 Por Marcelo Rodriguez

Al reverendo Cotton Matter, autor de varios tratados sobre brujería a cargo de la Nueva Iglesia del Norte, en Boston, le regalaron en 1706 un esclavo africano llamado Onesimus. Bastante receloso porque, a medida que Norteamérica se iba poblando de criollos, la viruela empezaba a hacer menos diferencia entre cristianos y paganos a la hora de contagiarse y matar, Matter le preguntó a su flamante adquisición si había tenido la enfermedad. “Sí y no”, fue la respuesta de Onesimus. “Explícate”, le habrá dicho el reverendo.

Resultaba que al parecer en su tribu –en lo que es hoy Burkina Faso–, cuando las mujeres de su pueblo se enteraban de que había casos de viruela cerca, iban inmediatamente hacia allí, localizaban a un niño con viruela y –con el permiso de la madre del niño– le envolvían el brazo brotado con un trapo hasta que algunas pústulas se rompieran y quedaran adheridas. Luego, le “compraban” esas pústulas a la madre del chico a cambio de una suma de dinero, y se llevaban el trapo para vendarles con él el brazo a sus propios hijos. Decían que era una forma de conjurar la enfermedad, la cual atribuían al Gran Señor de la Tierra: si cumplían el ritual, el inevitable mal castigaba al niño con sus pústulas, pero le perdonaba la vida, que era lo importante.

Los otomanos habían adoptado de la India una costumbre similar, que al parecer de hoy debía ser poco segura porque incluía un corte en el brazo, que podía sumar, a la viruela atenuada que se contraía, una sepsis. Para el siglo XVI, los chinos documentaban tres métodos de variolización, como llamaron a esta práctica los europeos que viajaban al este del Mediterráneo: una, que debía ser la más segura y eficaz, era moler el polvo de las costras de viruela y dárselo a inhalar a los niños (por el orificio derecho de la nariz a los varones, por el izquierdo a las niñas); otra era directamente introducirles un algodón empapado en pus fresco de una viruela suave, y el tercero era vestir al niño sano con las ropas de un varioloso.

DE MODA

La mención más antigua de esta práctica entre los textos académicos europeos data de 1671, cuando el médico alemán Heinrich Voolgnad menciona el tratamiento con “viruelas de buena especie” por parte de un “empírico” chino en zonas rurales de Europa Central (un empírico era un médico “de hecho”, sin formación académica).

Los médicos académicos naturalmente despreciaban este tipo de prácticas, que por otra parte debían ser bastante riesgosas. Pero a partir de que la cortesana Lady Mary Montagu, inquieta y curiosa esposa de un marido habituado a viajar con ella por Oriente, convenció a Carolina de Brandeburgo-Ansbach en 1721 (quien sería la reina consorte de Jorge II de Inglaterra) de que hiciera inocular a sus hijos, y la variolación empezó a volverse una moda entre las clases acomodadas, los médicos entendieron que si no incorporaban ese servicio perderían a mucha de su mejor clientela a manos de los empíricos.

Después de unas tres semanas de reclusión y aislamiento se suponía que la variolización –a través de una forma leve de viruela– dejaba al niño “con la sangre fortalecida” para rechazar la enfermedad durante el resto de su vida. La muerte de María II Estuardo y de toda su descendencia a manos de la viruela a principios del siglo XVIII mostraba que, cada tanto, se presentaban variantes más virulentas y mortales que ameritaban el riesgo de esa práctica, que después de todo parecía eficaz.

EL INVENTO

De modo que cuando aquel famoso 14 de mayo de 1796, Edward Jenner inoculó a James Phipps, de 8 años, por primera vez con pus de viruela vacuna –hecho que la historia oficial considera, con una exactitud más literal que fáctica, como el invento de la vacuna (vaccine, en inglés)–, fue un experimento con un importante grado de incertidumbre, es verdad; pero ya existía una amplia experiencia en variolización incluso entre las clases populares de Inglaterra, donde era llevada a cabo por las mujeres que se organizaban para la crianza. Jenner mismo tomó la idea de Benjamin Jesty, un granjero de la localidad de Dorset, que inoculaba a los miembros de su familia con materia tomada de las pústulas de la ubre de sus vacas. Dos meses después inoculó a James con viruela humana (Variola virus) y el muchacho no se enfermó; hoy sabemos que el Cowpox virus de las vacas, así como el Monkeypox de los monos, producen variantes mucho menos agresivas de la enfermedad que, por su compatibilidad genética con el Variola virus, exclusivamente humano, son capaces de generar en el organismo del hombre los mismos anticuerpos, capaces de defender al organismo de cualquiera de las tres formas virales.

Jenner fue profeta, pero no en su tierra. El éxito le llegó cuando Napoleón Bonaparte confió en su idea y compró la vacuna para inmunizar a sus tropas, y en Norteamérica decidieron dar a sus colonos una “ventaja” respecto de los nativos, entre los que la viruela hacía estragos, como sucedió durante toda la conquista de América.

La gran novedad de la vacuna de Jenner es que desde un comienzo rompió el molde de la aplicación en la práctica médica particular, y se vio destinada a ser objeto de políticas públicas a gran escala, las que terminarían con la erradicación definitiva de la viruela en 1977.

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CARICATURA DE JAMES GILLRAY MOSTRANDO A EDWARD JENNER ADMINISTRANDO VACUNAS.
 
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