Desde Barcelona

UNO La Voz (no la de Sinatra) sonando en mono monocorde pero tan expresivo: la voz de Werner Herzog. Y la voz de Herzog es aquella con la que Rodríguez se imagina que ganarían tanto los noticieros de TV reportando destejes y desmanejes de la fuera de ley Ley de Amnistía, destape de un nuevo caso de corrupción partidista donde no importan las siglas porque la corrupción no sabe ni le interesa saber de ideologías, retro-adelanto de elecciones en Catalunya, y a seguir repartiendo postales de tierras baldías en Gaza y Ucrania. Y ya se oyó, pero en realidad su voz que más que oírse se ve sin importar aquello a lo que se refiere. Cadencia y acento de profeta cansado pero sabio y sabedor de que "un poeta nunca debe apartar su mirada". Así, explica con esa voz que "es por eso que veo todos los noticieros que puedo. En ocasiones veo cosas que están completamente contra mi naturaleza cultural. Yo fui educado con la inmemorial poesía del latín y el griego antiguo. Pero comprendo mejor mi época viendo WrestleMania... Y es que el denominador común del universo no es la armonía sino el caos y la violencia". Y, sí, esto lo afirma aquel quien alguna vez se comió su propio zapato frente a las cámaras. Alguien que fue y sigue siendo el director de cine quien (a diferencia del ahora otra vez recelebrado Wim Wenders, pero Rodríguez no se fía y ya no le fía) jamás lo traicionó, y sigue estando en lo más alto y, por lo tanto, a la altura de sí mismo: Herzog tan alto y grave como la voz de Herzog.

DOS De ahí que Rodríguez no haya dudado ni un fotograma en comprar la recién aparecida autobiografía de Werner Herzog. Y es que Herzog declaró: "Yo he sido un escritor desde el principio. Y me parece importante aclararlo: las películas son mi viaje y la escritura es mi hogar. Ya llevo cuarenta años predicando a oídos sordos el que mis libros sobrevivirán a todas mis películas... No existe nadie que escriba como yo".

Y es una afirmación indiscutible. Porque nada cuesta convenir que su travelogue a pie desde Múnich a París para así salvar a su maestra Lotte Eisner (Caminar sobre el hielo, con su convencimiento de que "El mundo sólo se muestra a aquellos que caminan... No fue megalomanía de mi parte sino un gesto sublime del alma... Ella vivió ocho años más luego de mi caminata y entonces, cansada, me llamó para que anulara el hechizo; lo hice, y murió a los ocho días"); su cuasi poseído diario de filmación de Fitzcarraldo (Conquista de lo inútil); su recopilación de entrevistas/cuasi-manual de auto-ayuda (Una guía para perplejos); o su novela/perfil del soldado enloquecido Hiroo Onada (El crepúsculo del mundo) son grandes libros de un sobreviviente como ningún otro.

TRES Ahora, bajo el título/orden de Cada uno por su lado y Dios contra todos, Herzog vuelve a contar lo mucho que vivió para contarla y que ya contó más o menos de forma velada en films protagonizado por seres míticos o en documentales sobre osos o volcanes o hielos antárticos o las profundidades de cuevas prehistóricas o del cosmos sin edad o cualquier otra cosa que despierte su interés más bien insomne y sonámbulo (porque, cuenta, no sueña dormido sino con los ojos bien abiertos). Y Herzog es un gran raconteur (como lo es también en su autobiografía David Lynch, singular contraparte de Herzog en el Nuevo Mundo) consciente de que lo que le sobran son las grandes anécdotas y que, por lo tanto, puede hacer con ellas lo que se le da la gana y a su manera. Herzog es alguien que se sabe gran personaje y que ya desde su rostro y, de nuevo, voz (aprovechada con gracia a la vez que adoración por Los Simpson o Rick y Morty o como máscara villana y mercenaria en una de Tom Cruise o en la serie guerra-galáctica El Mandalorian) tiene mucho que decir y evocar. Y en estas, sus memorias tan precisas como caprichosas y selectivas ("No me creo una sola palabra de lo que Herzog cuenta en estas memorias", no condenó sino alabó el crítico de The New York Times Dwight Garner), Herzog se festeja así mismo porque sabe que, haciéndolo, festeja a sus fans.

Y, claro, aquí todos sus greatest hits emitidos de forma espasmódica y desordenadamente ordenada: su infancia durante la hambreada resaca del Tercer Reich; sus muchos trabajos (incluyendo el de payaso de rodeo o contrabandista de estéreos); su delirio de barco cruzando montaña; su amistad peligrosa con Klaus Kinski o su amistad segura con Bruce Chatwin (o su salvataje de Joaquin Phoenix durante un accidente automovilístico); sus varias esposas y sus muchos rodajes y sus incontables lesiones físicas (incluyendo mordedura de rata feroz). Y su "verdad extática" en sus documentales a los que muchos acusan de tan convenientes como magistrales manipulaciones de la realidad (que Herzog es el primero en reconocer/disculpar aunque no detallar, ya sea en lo que hace al comportamiento de un pingüino o a los ensayos de un ópera, con la coartada de que "el mejor testigo para mi defensa es Miguel Ángel y su Pietà: ahí el rostro atormentado de un hombre de 33 años mientras que el de su madre es el de una joven de 17. ¿Acaso Miguel Ángel nos coló fake news, nos defraudó, nos mintió? Yo hago exactamente lo mismo: hay que conocer el contexto en el que uno se vuelve alguien inventivo... Yo invento para alcanzar la incuestionable verdad de lo sublime"). Y el proyecto de montar un Hamlet de catorce minutos de duración en las voces de esos ululantes rematadores de ganado Made in USA o de dirigir un film sobre los primeros reyes de Francia con Mike Tyson como protagonista pero, también, la epifanía sensorial-mental y casi proustiana provocada por una naranja de hospital o sus disquisiciones casi zen sobre el arte de ordeñar vacas. Y, claro, todo suena y se lee como algo casi demencial e improbable hasta que se visiona ese reciente documental sobre él mismo en el que Herzog recibe, fuera de guión, un disparo perdido de rifle. Y, por supuesto, a él le parece lo más normal del mundo y pide que no se deje de filmar porque la escena, claro, es una gran escena y para Herzog nada importa ni le importa más que eso.

CUATRO El mejor defecto que se le puede atribuir a Cada uno por su lado... es también el mejor elogio: alcanzada la última página, mucho ha sido filmado pero casi nada revelado porque "la verdad no tiene por qué concordar con los hechos". Y Herzog se despide -en el capítulo "El final de las imágenes"- preocupado por la pérdida del lenguaje (des)cortesía de Twitter y dejando una línea inconclusa. Porque así la leyenda continúa y (nada importa menos que el ser octogenario para quien hace poco se postuló, y fue rechazado, como astronauta para viajar en cohete japonés) continúa siendo el más apasionante de los misterios. Incluso para sí mismo, porque "preferiría morir antes que ir con un psicoanalista, pienso que algo fundamentalmente malo sucede allí. Si iluminas con fuerza cada rincón de una casa, esa casa será inhabitable. Lo mismo sucede con tu alma... Yo creo que lo mejor es salir de casa en una noche clara y mirar al cielo estrellado. Ahí está todo, sin complejos y listo para ser interpretado como más y mejor te convenga. Y sí, por supuesto, a no dudarlo: a todo eso ahí arriba y abajo y rodeándonos nosotros le resultamos completa y absolutamente indiferente".

 

Y Werner Herzog lo dice con La Voz. Y, sí, Rodríguez ya mismo se está encargando el audiolibro de Cada uno por su lado... con voz de Herzog.